Editorial

La conquista del veleño

Ese dulce de guayaba roja o blanca y azúcar o panela, envuelto en hojas de bijao, se vistió de gala.

03 de julio 2017 , 01:08 a.m.

Hay orgullo y fiesta, seguramente al compás de un tiple entonando una guabina, en Vélez, Santander, y en general en aquella provincia de gente laboriosa, pues su producto autóctono, el famoso bocadillo veleño –que durante unos 200 años ha sido no solo patrimonio regional, sino nacional–, ese pequeño dulce de guayaba roja o blanca y azúcar o panela, envuelto en hojas de bijao, se vistió de gala.

Nada menos que el viernes pasado, luego de cinco años de labor paciente y tesonera del gremio, encabezado por Fedeveleños, la Superintendencia de Industria y Comercio le otorgó la Denominación de Origen Protegido (DOP). Esto quiere decir un sello de calidad, de autenticidad y una protección contra las imitaciones. Se certifica el veleño, en realidad de Barbosa, Moniquirá, Guavatá, Jesús María, Puente Nacional, como un producto de auténticas raíces, único. Y en vedad es único en el mundo, otro discreto triunfador al lado de nuestros ‘escarabajos’, pues, con la panela, han sido los mejores asistentes en materia energética.

Era una de las esperadas noticias para esta región, en especial para unas 80 fábricas dedicadas a este dulce oficio, con el cual se estima que subsisten unas 15.000 familias que fabrican al año unas 70.000 toneladas del producto, que ha llegado a nuestra mesa y ha conquistado ya el visado.

Y es que el veleño y sus derivados tienen una larga cuanto apasionante cadena de producción, desde el cultivador de la fruta, pasando por los procesadores de la hoja de bijao, hasta los artesanos de los cajones de aliso, fresno o chigalé, la madera liviana en la cual también se empacan.

La conquista del bocadillo es justa, pues se trata de un producto nacido de la tradición de casas familiares de aquel Vélez añejo y musical que, aunque los tiempos le han exigido procesos un poco más modernos, mantiene su origen artesanal y su pasado, lo cual ahora, con mayor razón, se exige rescatar. Que es, así mismo, rescatar no solo los sabores, sino los saberes. Y, además, es darle un respaldo para que por fin se reconozca el empeño bicentenario de una tradición.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com.co

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