Editorial

La confesión

El penoso rol del mayor Fabián Leyton denota el poder corruptor que la mafia está volviendo a tener.

14 de mayo 2018 , 11:45 p.m.

Preocupante y descarnada. Esos son los calificativos precisos para la confesión que el mayor Fabián Leyton les empezó a dar a las autoridades sobre el penoso rol que desempeñaba desde hacía un año en la red que envía cargamentos de cocaína pura a Europa en embarques de banano colombiano tipo exportación.

Mientras Leyton portaba el uniforme de la Fuerza Aérea de Colombia (FAC) y ejercía como asesor del Ministerio de Defensa, servía también de pagador de la mafia.

Según lo reveló la Unidad Investigativa de EL TIEMPO, el mayor admitió que se aprovechó de su cargo para sobornar a policías en los puertos de Barranquilla y Santa Marta, a los que les repartía 1.800 millones de pesos por dejar pasar contenedores con droga rumbo a Bélgica, Alemania, Holanda y España.

Es una revelación de máxima gravedad, pues no se trata únicamente de la declaración de una manzana podrida, que fue neutralizada por sus propios compañeros de la FAC en una operación conjunta con la DEA, la Policía y la Fiscalía. Es un hecho que denota los alcances y el poder corruptor que el narcotráfico está volviendo a tener y que toca incluso a oficiales con más de 14 años de servicio, lo que obliga a reforzar controles dentro de las Fuerzas Militares.

Su caso se une al de controladores aéreos, empleados de aerolíneas, empresarios y gente del común que están cayendo tentados de nuevo por el dinero fácil de tal flagelo. Este episodio recuerda el testimonio que hace unos meses publicó este diario de un nuevo capo que contaba en detalle cómo funciona su perverso negocio, que ha batido récord de ingreso de mercancía a Europa, como las 8,7 toneladas que cayeron hace dos semanas en el puerto de Algeciras (España). En ambos hechos queda en evidencia cómo la mejor arma de quienes lo controlan es la posibilidad de comprar conciencias con dinero. Esta es precisamente una situación que debe llevar a una reflexión en nuestra sociedad sobre qué hay que cambiar para que existan barreras culturales y sociales que impidan que estas conductas sean cada vez más frecuentes.

La red que integraba Leyton también intentaba sacar ‘narcojets’, modalidad que involucra a mafias albanas, marroquíes, españolas, rusas y alemanas que volvieron a convertir a Colombia en su principal abastecedor, gracias a las más de 188.000 hectáreas de narcocultivos que inundan nuestra patria y generan titulares como el de ‘El País’ de España, que el domingo anunció el regreso de la coca a Colombia.

Tales organizaciones foráneas son, en parte, culpables de que Tumaco, el Catatumbo, el bajo Cauca, Urabá y el sur del país estén de nuevo en guerra por culpa de la bonanza cocalera. Pero también de aquellos funcionarios que se dejan tentar por el dinero sucio.

Este hecho demuestra que la lucha es compleja y que si bien se logran resultados, no se puede bajar la guardia. Urge que operativos como el que llevó a desvertebrar la red de marras se multipliquen y se combinen con los programas de erradicación. Además, se requiere fortalecer las bases morales y sociales, y que haya justicia eficaz. Por lo pronto, este tipo de fichas corruptas deben recibir castigos ejemplares que impidan que otros sigan cayendo en las redes de la mafia.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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