Editorial

Independencia a plazos

¿Era necesario llevar el pulso político catalán tan lejos? Ahora ya no habrá cómo devolverse.

11 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Fue tan ambigua la declaración de independencia catalana proclamada este martes por el presidente regional, Carles Puigdemont, y su inmediato pedido al Parlamento de suspender sus efectos para buscar un diálogo, que los miles de seguidores congregados en las calles a la espera de un día histórico no sabían si aplaudirlo o abuchearlo. Para muchos fue una traición.

En lugar de decir que proclamaba el Estado de Cataluña como una república independiente, Puigdemont asumió “el mandato del pueblo de Cataluña para que sea un Estado independiente en forma de república”, lo que no es lo mismo, pues eso que él llama “mandato del pueblo de Cataluña” no es más que el referendo del primero de octubre, tan cuestionado por ilegal y por no cumplir los mínimos de garantía en conteo, verificación, participación y censo electoral. Luego se firmó simbólicamente una declaración: “Constituimos la República catalana, como Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social”, reza el texto.

Carles Puigdemont

Puigdemont dejó abiertas las puertas al diálogo, pero se ratificó en la intención de Cataluña de ser un Estado independiente.

Foto:

Albert Gea / REUTERS

Su tibieza, o jugada, provocó que el partido secesionista de extrema izquierda CUP se desmarcara y lamentara haber “perdido una ocasión (…) de proclamar solemnemente la República Catalana”.

Para efectos prácticos, el Gobierno de España asumió que el galimatías de Puigdemont sí fue, en efecto, una declaración de independencia, por lo cual consideró “inadmisible” que la declarara de forma “implícita” y luego la suspendiera. Hoy deberán tomarse decisiones que podrían ir desde la aplicación del polémico artículo 155 de la Constitución española, que contempla la suspensión de las autonomías, hasta, incluso, la detención del Presidente catalán por violar la ley, como lo recuerda la historia. En los últimos 86 años, el gobierno catalán había proclamado dos veces la independencia sin lograr materializarla. La primera, en 1931, por parte de Francesc Macia; y la segunda, en 1934, por Lluís Companys, quien terminó tras las rejas.

Esto, mientras sigue la estampida de empresas que huyen de Cataluña, y el anuncio de varios países de que no reconocerán su independencia. Sin ignorar la preocupante fractura de la sociedad catalana, metida hoy en la trampa de una independencia a plazos. ¿Era necesario llevar este pulso político tan lejos? Ahora, quizás, ya no habrá cómo devolverse.

editorial@eltiempo.com

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