Editorial

Impopular pero necesaria

Subir tarifas de buses nunca será popular, máxime cuando al sistema lo antecede el abandono.

20 de marzo 2017 , 03:58 a.m.

La Administración de Bogotá anunció un nuevo ajuste en las tarifas de TransMilenio y de la flota del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP). El incremento, de 200 pesos para los primeros y 300 para los segundos, rige a partir de abril, pero voces inconformes ya lo consideran injusto e inoportuno.

La Secretaría de Movilidad ha dicho que el recargo tiene por objeto paliar el déficit que hoy arroja el SITP, superior a 600.000 millones de pesos al año (en el 2015 llegó a 880.000 millones). Déficit que, dicho sea de paso, comienza casi en el mismo instante en que se implementó el modelo que hoy rige el transporte público en Bogotá y aumentó con una rebaja que se aplicó en el 2012 para las horas valle.

El alza es odiosa. Subir tarifas nunca será popular. Lo fácil para un gobernante sería mantenerlas congeladas o, peor aún, reducirlas mientras el sistema colapsa y la ciudad deja de atender otras necesidades. La decisión de la Alcaldía es, en ese sentido, difícil pero necesaria, aunque a muchos no les guste. Hoy, el Gobierno distrital subsidia el 50 por ciento del pasaje para que todo el engranaje se mantenga a flote; hay una rebaja en el transbordo y mayor tiempo para hacerlo, y los incentivos para estratos uno y dos siguen. Pero eso no le dice nada al ciudadano del común, que ha pagado los platos rotos.

Por eso es inevitable volver sobre un asunto que la ciudadanía debe tener claro: el lastre que arrastra el sistema en general, fruto del manejo que se le ha dado en el pasado.

El primero de ellos es el retraso evidente que registra la implementación de TransMilenio. El número de troncales y estaciones dista mucho de lo que se había planteado inicialmente. Haberlo convertido en bandera partidista hizo que los gobiernos de izquierda, más que apostar por él, promovieran su estancamiento, y de allí derivan buena parte de las dificultades operativas y de eficiencia que hoy reclama, con razón, la gente: buses llenos, estaciones estrechas, inseguridad, colados, etc. Lo anterior, amén de la debacle en que terminó la troncal de la calle 26, eje del escándalo de corrupción más grande que recuerde la ciudad, ocurrido bajo el gobierno del hoy preso exalcalde Moreno, del Polo Democrático.

El otro problema serio es la situación de los actuales operadores. Ya a dos de ellos se les decretó la liquidación de los contratos, y algunos más han recurrido a instancias nacionales en busca de una reestructuración. Buena parte de lo que aquí sucede tiene que ver con la baja rentabilidad y la lentitud en la chatarrización de buses para incorporar nueva flota en el SITP, mientras que los articulados llevan dos prórrogas sin estrenar vehículos.

En lo que sí tienen razón los críticos es en que a mayor tarifa, mayor calidad debe haber. Eso tiene que entenderlo la Alcaldía: nadie paga más si a cambio no ve que se dignifica su recorrido. Y eso incluye remodelar una flota de al menos 5.000 vehículos.

Por lo demás, siempre será más rentable para políticos irresponsables decir que bajar tarifas beneficia a los más pobres, cuando precisamente debido a esa irresponsabilidad hoy se tienen que ajustar los costos del pasaje para que no colapse el servicio y termine lastimando a todos, incluidos esos mismos pobres.editorial@eltiempo.com.co

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