Editorial

Guillermo León Escobar

Fue un hombre lleno de fe y de pasión por la enseñanza, que ofició como profesor de sacerdotes.

18 de diciembre 2017 , 12:20 a.m.

Nuestro país y el mundo católico en general se vieron sorprendidos y conmovidos este domingo ante la noticia de la muerte en Roma, a los 73 años, del embajador de Colombia ante la Santa Sede, Guillermo León Escobar, luego de una dura enfermedad que soportaba con dignidad y discreción, como era su estilo en todos los actos de su vida.

Estilo que lo engrandece más hoy, cuando se destaca la importancia de su trayectoria en favor de su país, respaldada en una completa preparación académica. Porque fue un hombre de una vasta cultura, un filósofo respetado, un pedagogo –magíster en Educación–, un teólogo de todas las horas, con gran influencia ante la Santa Sede. Sin olvidar que este entrañable amigo de esta Casa Editorial fue también un dedicado escritor.

Creyente convencido, era autoridad en temas del catolicismo, cuya pasión tal vez comenzó en un bello acto que se viene a descubrir hoy, cuando hizo parte de un coro juvenil que recibió al papa Pablo VI. Sin saber, entonces, que conocería y sería cercano de varios pontífices, como Juan Pablo II, para cuya visita a Colombia sería uno de los gestores, y quien lo nombró su representante personal para los 50 años de la Cepal y los 500 del descubrimiento de América. Y fue gran artífice ahora para la visita de Francisco Bergoglio el pasado mes de septiembre.

Fue un hombre con sentido del humor, lleno de fe y de pasión por la enseñanza, que ofició como profesor de sacerdotes y especialistas en ciencias políticas de la Universidad Javeriana, hasta ser consultor y profesor de obispos y cardenales en la Universidad Gregoriana de Roma. Y, durante 20 años, asesor del Consejo Episcopal Latinoamericano, entre otros cargos.

Sobre todo, leal, capaz y merecedor de toda confianza, puso siempre la responsabilidad por encima de la política. Por eso ocupó la embajada ante la Santa Sede entre 1998 y 2007 y ahora, a partir de 2015. Cuando la gratitud y el pesar son generales en el momento último, se ha hecho bien la tarea terrenal. Es el caso de Guillermo León Escobar.

editorial@eltiempo.com

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