Editorial

Genocidio en ciernes

En Birmania, la persecución a los rohinyás, una minoría musulmana, tiene tintes de genocidio.

18 de septiembre 2017 , 12:52 a.m.

Según fuentes que, como el Secretario General de las Naciones Unidas, merecen plena credibilidad, un nuevo episodio de limpieza étnica con tintes de genocidio está ocurriendo en el mundo.

Ante los ojos y la impotencia de la comunidad internacional, como ha sucedido en Bosnia o Ruanda, el ejército de la República de la Unión de Myanmar –antigua Birmania– ha emprendido una sangrienta persecución contra los rohinyás, minoría musulmana históricamente excluida y perseguida en este país asiático. Ya son casi mil los muertos y 400.000 los que huyen, bajo riesgos y penurias, hacia la nación vecina de Bangladés.

Cuando cayó el Tercer Reich y el mundo confirmó el horroroso alcance del genocidio del pueblo hebreo, se creyó que el grado de consenso sobre lo aterrador e inhumano de lo ocurrido bastaría para que este fuera el último episodio de aquel tipo en la historia de la humanidad. Pero todavía son muchas, fuertes y profundas las raíces de odios milenarios y hechos que, como este, demuestran otra vez que la comunidad internacional requiere mucho más que buena voluntad para impedir que la línea roja se vuelva a cruzar.

En este caso estamos ante la furiosa y desproporcionada reacción del ejército de esta nación –de mayoría budista y la cual se encuentra en plena transición hacia la democracia–, luego de una arremetida en Arakan del grupo insurgente Ejército de Salvación Rohinyá, que dice representar los intereses de esta minoría musulmana. Un grupo étnico considerado uno de los más perseguidos del planeta. Al grito, tan común como delirante en estos casos, de “no son de aquí”, los militares han destruido e incendiado sus aldeas. Las miradas se posan ahora en Aung San Suu Kyi, premio nobel de paz y líder ‘de facto’ del componente civil del nuevo gobierno birmano. Mientras que unos juzgan que, a la hora de un pulso, los militares la doblegan y no tiene más opción que ‘pasar de agache’ sobre si lo que está en juego es el muy luchado avance hacia la democracia de su país, otros creen que no es ajena al histórico desprecio de su pueblo frente a esta población.

De lo que no hay duda, por lo pronto, y así lo ha registrado la prensa, es de que el éxodo masivo tiene todos los ingredientes propios de un drama de características dolorosas, como son los de este tipo: niños y adultos mayores que sufren, mercaderes del dolor dispuestos a capitalizar el sufrimiento, mezclado con instinto de supervivencia, de los que huyen; un Estado receptor que advierte que su paciencia, pero, sobre todo, su capacidad de acogida se agota; unos cuerpos de socorro que hacen lo humanamente posible por traer algo de alivio, aunque con la agobiante certeza de que está muy lejos de ser suficiente, y, por último, una comunidad internacional que, tarde, no encuentra a la mano herramienta distinta que la enérgica condena.

Al tiempo, y a veces con razón, analistas cuestionan que no haya siquiera la intención de buscar algo más que las palabras. Al menos la diplomacia. El deber ético y moral es demostrar con acciones que la mirada por encima del hombro que tiene la mayoría budista de Birmania respecto a los rohinyás no es la de todo un planeta.

editorial@eltiempo.com.co

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