Editorial

Exhortación a los candidatos

Es necesario un rechazo contundente y sin matices a la violencia en la campaña.

11 de febrero 2018 , 01:30 a.m.

Ante los episodios vividos esta semana es necesario, urgente, que quienes hoy aspiran a la presidencia sean categóricos en su rechazo a la violencia en la contienda política. Como lo hizo el presidente Juan Manuel Santos, también debe hacerse un llamado para no exacerbar y explotar el miedo con fines electorales, para que en esta campaña se dé el primer paso hacia la reconciliación, recordando el mensaje de la visita del papa Francisco, y para que no ocurra todo lo contrario, es decir, que se acentúe la polarización existente y se exacerben las emociones negativas.

Muchas consideraciones válidas y pertinentes pueden hacerse acerca de las circunstancias por las cuales enfurecidos ciudadanos asedian a los candidatos de la Farc, hecho que hoy motiva este comentario, aunque se debe anotar que conductas así ya se han visto en el pasado en militantes de otros partidos. Candidatos del Centro Democrático, de Cambio Radical, del Partido Liberal también han sido blanco de los energúmenos.

De vuelta a la Farc, sobre su llegada a la política y la forma como esta ha tenido lugar se puede señalar que hizo falta el paso de los hoy candidatos por alguna instancia de justicia, y que expresar repudio es absolutamente legítimo en una democracia. Con ambas posturas es posible estar de acuerdo, así como se puede criticar con firmeza la arrogancia vista en algunos líderes de este nuevo movimiento, actitud que pretende desconocer el enorme daño causado y la generosidad de la sociedad que, con todo y las conocidas reticencias, les abre las puertas. Cabe añadir que la mejor manera de expresar ese sentimiento de rechazo está en las urnas, evitando depositar votos a su favor.

Se sabe que las heridas dejadas son difíciles de sanar. El problema comienza cuando líderes con comprobada ascendencia entre sus seguidores omiten su deber moral de trazar con claridad la raya que separa lo legítimo de lo, bajo ninguna circunstancia, admisible, y que aquí tiene nombre propio: atentar contra la integridad de otro ser humano. Esto en un país donde, desgraciadamente, ha sido una constante pasar con facilidad –e incluso naturalidad– de las palabras a las agresiones físicas cuando se trata de confrontar al adversario en la política.

Para ser muy claros: no se entiende cómo algunos candidatos, conocedores como son de la historia del país, de las emociones que mueven a los votantes y del rumbo que pueden tomar las cosas, insisten en jugar con candela. Así obran cuando, temerosos de perder su caudal electoral, evaden deponer por un momento las banderas de su causa para –como les corresponde, dado su lugar en la sociedad– pararse en la orilla del sentido común, la sensatez y el respeto por el derecho fundamental a la vida para decirles con claridad a sus seguidores que de ningún modo se puede traspasar ese límite que marca el fin del Estado de derecho y el comienzo de la barbarie, terreno en el cual esta sociedad tantas veces ya se ha adentrado. Aquí no hay matiz que valga.

Todo hay que decirlo: la forma como algunos aspirantes han respondido a la petición de periodistas para que asuman una postura frente al asunto, apuntando a la decisión de la Farc de salir a la plaza pública, y pasan por alto la censura a quienes han mostrado la intención de agredirlos o a quienes desde las redes sociales han estimulado –a veces de maneras que claramente contravienen el Código Penal– este tipo de actitudes, recuerda esos episodios de violencia de género en los cuales se revictimiza a la mujer por incurrir en comportamientos a los que tiene pleno derecho. Parecen desconocer que hoy, a través de las redes sociales, un mensaje de este tipo puede convertirse en un vector de odio; actúan como si ignoraran que palabras así, en ese tono y en este contexto, encarnan un altísimo riesgo de ser chispa de un polvorín cuyo estallido podría cobrar vidas humanas.

Por todo lo anterior, hoy, más que nunca, es pertinente citar el poder del ejemplo como transformador de comportamientos y el riesgo siempre latente de que un grupo humano reviva los fantasmas de su pasado. Es necesario recordar cómo en la década de 1950, la intemperancia de los líderes de los partidos tradicionales fue interpretada en clave de sangre entre sus bases, justamente por la falta de esos gestos, que en un momento crucial diluyen pasiones desbordadas que no pueden tener espacio en la política.

Bastaría, entonces, un pronunciamiento, ojalá un pacto, de candidatos y líderes de cada colectividad en el cual dejen claro que entienden el terreno en el que están parados, el nivel de los riesgos que atraviesa hoy el debate electoral y, lo más importante, que se comprometen con un inamovible: el rechazo contundente a la violencia como recurso en la política.

editorial@eltiempo.com

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