Editorial

Entre deprimidos y felices

Ya es hora de levantarle el velo a la depresión y ubicarla en su verdadera dimensión.

06 de marzo 2017 , 06:36 a.m.

La depresión es hoy la enfermedad mental más común, tanto que su incidencia creciente –tiene a 322 millones de personas enfermas en el mundo– ha desplazado a otros trastornos más publicitados, como la ansiedad y el estrés; condiciones que, sumadas a las pérdidas ocasionadas por este mal, en términos de recursos y vida saludable, tienen en alerta a las autoridades sanitarias del planeta.

No en vano, los investigadores la califican de pandemia silenciosa y otros, más coloquiales, la llaman la ‘gripa psicológica’, dada su cotidiana presencia en todos los niveles de la sociedad. En Colombia, por ejemplo –según la Organización Mundial de la Salud, que acaba de publicar un inquietante informe al respecto–, 4,7 por ciento de la población convive con este diagnóstico. Unas décimas por encima del promedio mundial (4,4 por ciento), con lo cual nadie puede quedar tranquilo.

Esto, en razón a que estudios locales y voces autorizadas, como la de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (Apal), aseguran que bajo este promedio se esconde una realidad mucho más dramática, sobre todo en niños, ancianos y mujeres, en los que estas cifras pueden alcanzar rangos de entre el 13 y el 19 por ciento, con el agravante de que solo uno de cada diez de estos enfermos recibe el tratamiento que requiere.

Y aunque resultaría fácil buscar los responsables en el sistema de salud, que, dicho sea de paso, sí presenta evidentes grietas en la forma de atender a esta población, lo cierto es que la marcada estigmatización que padecen estos enfermos, en un país que se jacta de estar en el podio de los más felices, pesa más en el momento de atacar de frente tan grave problema. Todo porque las víctimas prefieren callar y padecer en solitario esta tragedia, que muchos les minimizan al considerarla un mero quiebre de la voluntad.

Ya es hora de levantarle el velo a la depresión, limpiarla de eufemismos y ubicarla en su verdadera dimensión. Solo así se podrán frenar sus crecientes daños, que, de cualquier manera, ya nos afectan a todos.

EDITORIALeditorial@eltiempo.com.co

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