Editorial

Enseñanzas que deja el dolor

Después la tragedia de Mocoa, es indispensable que las autoridades hagan el trabajo de prevención.

09 de abril 2017 , 01:07 a.m.

Un evento traumático como el ocurrido en Mocoa el pasado primero de abril, además del natural dolor por el daño causado, obliga a toda a una sociedad, y sobre todo a los responsables de la toma de decisiones, a aprender de lo sucedido. Como se ha insistido en más de una ocasión, si hubiera de hacerse una lista ordenada según la incidencia de los factores que, sumados, dieron pie a una tragedia que cobró la vida de más de 300 compatriotas, el de la fuerza de las aguas no figuraría en los primeros renglones.

Y es que la exclusión social, el conflicto –que llevó a miles de personas a buscar refugio en la capital de Putumayo–, la deforestación descontrolada, la minería ilegal, la dificultad de las autoridades para crear entornos urbanos seguros y ordenados y la corrupción son solo algunos de los factores que antecederían al del anormal volumen de lluvias que cayó sobre esta región del país el fin de semana pasado.

Por eso, una conclusión dolorosa de lo vivido en los últimos días es que a veces, quizá por razones ligadas a nuestra condición humana, son necesarias vivencias extremas para reaccionar. A nivel del Estado, la lección es muy clara: debido al cambio climático, será cada vez más alto el costo de ejercer tenue o nula presencia en la geografía nacional para garantizar la prevalencia del bien común, y cada vez será mayor la factura que llegará por culpa de la incompetencia o la deshonestidad.

Puesto de manera más descarnada, la indolencia de los funcionarios, combinada con cierta actitud temeraria de la ciudadanía a la hora de entender los riesgos, puede conducir a nuevos desastres. La responsabilidad recae ante todo en las autoridades (municipales, departamentales, regionales y nacionales), pero las personas también están obligadas a subir la guardia, pues los extremos climáticos serán la norma y no la excepción.

De otro lado, vale la pena admitir que nuestra capacidad de respuesta es muy superior a la de antes. En el caso presente, es válido reconocer la manera como reaccionó el Gobierno a los hechos. Aparte de que hay una institucionalidad al manejar desastres, también se ha visto un liderazgo claro que incluye no solo ser solidarios con el dolor de tantas familias, sino poner en marcha una reconstrucción que tomará tiempo, así empiece a verse el regreso de la luz eléctrica o la superación de los cuellos de botella en materia vial.

Para los colombianos no ha pasado desapercibido ver al Presidente de la República con los pies en el fango, como tampoco registrar las acciones a cargo de las diferentes carteras. El nombramiento de Luis Carlos Villegas como gerente de la etapa de reconstrucción es una garantía de que las cosas se harán con seriedad, evitando que los avivatos se aprovechen del mal ajeno. Es de esperar que al final de este tránsito Mocoa sea un lugar mejor para sus habitantes.

Tras expresar dicho anhelo, vale la pena insistir en la necesidad de tomar conciencia con respecto a nuestra vulnerabilidad. Los trastornos en el clima son consecuencia de la falta de voluntad de los principales emisores de gases de efecto invernadero para comprometerse con el desarrollo sostenible. Debemos, por tanto, elevar nuestra voz en los escenarios internacionales, justo cuando en capitales como Washington se debilita la voluntad política en lo que atañe al cumplimiento de lo ya suscrito.

Pero la tarea no solo obliga a las instituciones. Todos los colombianos estamos llamados a una transformación que consiste en entender que nuestras acciones, aun las más cotidianas, tienen un impacto directo en la vida de otros. Que no somos islas, sino que formamos parte de un sistema, de un mismo tejido.

Las crudas postales recientes nos ponen también ante el reto de comprender el verdadero sentido de la vida en sociedad. En particular cuando se trata de actividades que dejan huella en ecosistemas. Ojalá tan doloroso episodio permitiera darle, ahora sí, un marco humano al desarrollo; entender que las normas ambientales no son un capricho, sino la única forma de garantizar que la prosperidad que procuran todas las actividades productivas tendrá sentido en el futuro. De nada sirve una búsqueda de recursos si no hay en el porvenir condiciones para su disfrute.

Las innumerables manifestaciones de solidaridad que se han visto esta semana permiten abrigar algo de optimismo. Ha quedado suficientemente claro que los colombianos conservamos la capacidad de sentir en carne propia el dolor del prójimo y movilizarnos para paliarlo.

Qué bueno sería que esta disposición perdurara y se tradujera en esa actitud permanente de prevención que tanto se va a necesitar en adelante. La misma que, reiteramos, debe expresarse en pensarlo dos veces antes de llevar a cabo cualquier acto que aumente el riesgo para los demás. Este es el mejor homenaje que se les puede hacer a las víctimas de Mocoa.editorial@eltiempo.com.co

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