Editorial

Editorial: En el país de las encuestas

Quizás es peor que ofendan más unas preguntas, que la brutalidad y la violencia que soporta un niño.

23 de septiembre 2016 , 07:43 p.m.

Ojalá que acá en Colombia los ánimos no se crisparan por el lenguaje explícito de la encuesta a los menores sobre su sexualidad, diseñada por el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane), sino que se estremecieran ante aquellos aberrantes abusos sexuales –mucho más comunes de lo que se cree– que la investigación pretende determinar y encarar. Ojalá nuestras discusiones acaloradas sobre qué tan inapropiadas son las preguntas de la encuesta fallida terminaran en tomas de conciencia y en compromisos nacionales para combatir desde la raíz las profanaciones de los cuerpos de los niños.

Es cierto que, como dicen los representantes de importantes colegios nacionales, la encuesta les hacía preguntas demasiado directas a los infantes –no ha de ser fácil responderle a un agente del Gobierno Nacional si se ha sido tocado de modo indebido, si se ha recibido dinero a cambio de juegos sexuales, si en internet o en su propia familia se ha sido sometido a humillaciones relacionadas con el cuerpo–, pero también es verdad que es toda una proeza determinar con eufemismos y rodeos si algún menor de edad ha sido, es o será víctima de abuso sexual, y es innegable que determinarlo a tiempo puede evitarle a un niño que su futuro sea la ruina emocional.

Como suele suceder en estos casos, en los que está en juego la educación de los hijos, han sido los padres de familia quienes han salido a denunciar la encuesta como un desatino, un atropello, un atentado contra la intimidad de los menores de edad y una invasión de la privacidad de las familias. Por supuesto, es un hecho que la educación sexual de una persona tendría que empezar por la casa, por el hogar en donde se está a salvo y se ha dado la confianza para hablar sobre los temas más personales de la vida.

El problema es, como tantas veces, que los buenos padres que protestan desconocen la tortuosa realidad que soportan cientos de miles de niños del país. Y para combatir realidades rampantes como el abuso sexual, la pornografía infantil, la violencia física y psicológica, el embarazo desde los 10 años de edad, los fraudes a los que se exponen los menores en las redes sociales y la trata de personas, que sigue siendo un hecho –y una vergüenza–, hay que actuar tan de frente como quiso hacerlo la encuesta.

Solo la mitad de los niños que se pretendía encuestar –54.367, según cuenta el propio Dane– respondieron las preguntas que fueron recibidas por tantos como dedos en las llagas. Quizás ahora se reformulen algunas antes de retomar la investigación. Sea como sea, es de vital importancia que no se detenga una indagación que pretende evitar que los derechos de los niños sean vulnerados y fortalecer una política pública efectiva que prevenga los abusos.

Es doloroso que tantos menores estén expuestos a semejantes horrores y que las estadísticas describan una realidad en la cual, por ejemplo, cientos de miles de niñas serán madres este año. Pero quizás resulta peor que ofendan más la necesaria indelicadeza de unas preguntas que la brutalidad y la violencia que a esta hora estará soportando un niño que se ha quedado solo con su drama.editorial@eltiempo.com

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