Editorial

Editorial: En defensa de los niños

Nada más efectivo que esa justicia que da los nombres de los abusadores cuando de verdad los tiene.

16 de febrero 2017 , 07:34 p.m.

Cientos de depredadores rondan la vida de muchos niños colombianos: en los últimos tres años, como consecuencia de una mayor atención al problema, que ha perdido su condición de secreto a voces, ha sido común encontrar titulares tan devastadores –en este mismo diario, por ejemplo– como ‘Cada hora dos niños o niñas son víctimas de abuso sexual en Colombia’, ‘El hogar, escenario de ocho de cada diez casos de violencia sexual’, ‘Entre enero y noviembre de 2015, ICBF recibió 7.440 niños por abuso’, ‘Para la Iglesia, los niños abusaron del sacerdote’, ‘Investigan a 91 docentes por abuso sexual de menores’.

Esta última noticia, que parte de la captura de un profesor de matemáticas de educación primaria en un barrio de Kennedy, en Bogotá, ha demostrado de la peor manera que miles de nuestros niños no están a salvo. Resulta demoledor caer en cuenta de que en ninguno de los tres hogares en los que suele confiarse en este país, ni en la Iglesia, ni en la escuela ni en la propia casa, muchos de nuestros menores de edad pueden ser niños en paz. Y es terrible e indignante notar que también estos casos, que marcarán las vidas de tantos inocentes, son en su gran mayoría resultado de la desigualdad.

Pues, el Control Disciplinario de la Secretaría de Educación Distrital (SED), que recibe las denuncias de los abusos contra los estudiantes, se encuentra investigando por abuso a 89 educadores y a dos educadoras de los colegios públicos de la ciudad. Del 2012 al 2017 ha recibido 171 quejas de esa clase. Por un lado, por supuesto, se trata de una cifra que demuestra la gravedad del asunto: aun cuando sea uno o sean cinco casos, pocas cosas hay más graves en la sociedad que un alumno victimizado por su maestro. Por otro lado, resulta importante que la SED no esté dejando esas historias en la impunidad.

Después del horror, después de la explotación de la vulnerabilidad y de la violencia contra los indefensos, el único consuelo que queda es la justicia. Sin duda, es la justicia la que –una vez ha fallado la educación, que tampoco debe descansar a la hora de transmitir lo repugnante que es el atropello sexual– recuerda que abusar de un menor es una abominación, algo que no puede ser posible. Y las investigaciones de la SED, 7 en etapa de juicio y 9 en decisión de primera instancia, son una señal de que se está tomando en serio el asunto.

Hace unos cuantos años llegó a Colombia una extraordinaria e inquietante película sobre el tema: 'La cacería'. Mostraba la vulnerabilidad de los niños, de los jardines infantiles en adelante. Advertía también de los peligros de la estigmatización de los profesores inocentes, del cuidado que hay que tener al emprender una de estas investigaciones. Quizás sea esa una de las características más importantes del trabajo de la SED, la Personería y la Fiscalía: que, a diferencia de tantos procesos de estos tiempos, no se han estado llevando a cabo para la galería, para las multitudes que claman venganza, sino que se han adelantado para que se haga justicia, para que no sucedan más.

Nada más efectivo que esa justicia que da los nombres de los abusadores cuando de verdad los tiene, si lo que se busca es la defensa de los niños colombianos.


editorial@eltiempo.com

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