Editorial

Empoderar a los jóvenes

Los jóvenes están poniendo la cuota más alta en problemas en los que son especialmente vulnerables.

13 de agosto 2017 , 03:08 a.m.

Resultan alarmantes los reportes que la Red de Ciudades Cómo Vamos viene revelando en torno a la calidad de vida de varios centros urbanos. Amén de los problemas recurrentes, como la crítica movilidad de Bogotá, la inseguridad en Cali, Barranquilla o Cartagena, la insatisfacción con los servicios públicos en Santa Marta o la precaria situación económica de los hogares en Cúcuta, hay otros que impactan de manera preocupante a un grupo en particular: los jóvenes.

Sin caer en el simplismo de las generalizaciones o de estigmatizar a quienes tienen entre 15 y 29 años, pero apegados a lo que revelan los estudios, sí cabe advertir que un porcentaje importante de ellos encabezan hoy los indicadores más desfavorables en cuanto a homicidios, hurtos, pobreza, acceso a la educación, oportunidades laborales y son los más dispuestos a emigrar del país en busca de un mejor futuro.

En el caso de Bogotá, donde el 24 por ciento de la población está entre los 15 y los 29 años, el 15 por ciento no tiene empleo, cuatro de cada diez personas son víctimas de lesiones por riñas, y el embarazo adolescente, si bien disminuyó, sigue siendo alto. Entre tanto, el 23 por ciento del desempleo en Cartagena se da en este mismo grupo; de los 535 homicidios registrados en el 2016 en Medellín, casi el 50 por ciento de las víctimas tenían entre 18 y 28 años, mientras que en los ocurridos en Pereira, el 57 por ciento estaban en ese rango de edad.

Una de las cifras que más sorprendieron a las autoridades de la capital fue la del suicidio, que creció 13 por ciento en el último año. Y sin embargo no es la más alta. Por cada 100.000 habitantes, la superan Ibagué (8,73), Pereira (7,3) y Medellín (6,71), un drama que crece entre los 15 y los 29 años.

Lo preocupante del asunto es que se trata de males con tendencia a escalar a medida que las sociedades evolucionan, se tecnifican y demandan una generación mucho más preparada para afrontar los tiempos modernos. Cuando no se hallan esas oportunidades de progreso, los jóvenes se convierten en presa fácil de males peores, como la cooptación por estructuras criminales, la conformación de pandillas y el consumo de sustancias psicoactivas. Esto, muchas veces, en un contexto de desintegración familiar.

Pero tal situación no es crítica solo en Colombia. En el mundo, según Naciones Unidas, hay 1.800 millones de jóvenes entre los 10 y los 24 años que enfrentan la discriminación, la marginación, la violencia de género y la falta de oportunidades. De este grupo forman parte 600 millones de adolescentes y mujeres jóvenes, según un reciente informe del mismo organismo con ocasión del Día Mundial de la Juventud, celebrado este sábado.

Y, no obstante las continuas alertas frente a este fenómeno, han sido infructuosas –o al menos poco impactantes– las iniciativas que propenden hacia una política de la juventud capaz de responder a tales desafíos. Hay esfuerzos, por supuesto: el acceso gratis a educación básica y media, las becas para los más pilos, las iniciativas de emprendimiento, decenas de programas de índole nacional y local tendientes a que puedan insertarse en el aparato productivo de la sociedad. Pero falta.

Así lo acaba de corroborar el Índice de prosperidad de las juventudes, de ONU Hábitat en Colombia, que detectó cómo las 23 principales capitales están muy por debajo de garantizar empleos e ingresos de calidad para ellos.

La gran salida de la situación actual de millones de jóvenes debe buscarse a través de oportunidades. Eso es todo lo que esperan, y es deber de un Estado proporcionárselas; oportunidades de estudio, de acceso a la oferta laboral, de capacitación para la construcción de nuevos liderazgos –que abundan–; oportunidades para que participen en el debate público y formen su propio criterio más allá de los cantos de sirena que les ofrecen las redes sociales.

Capítulo aparte merece la seguridad. El proceso de paz constituye un avance en la dirección correcta a la hora de arrebatarle niños y adolescentes a la guerra, pero, como decíamos al principio: sin un horizonte claro y sin el concurso de la sociedad para que quienes salieron de ese infierno puedan mantenerse al margen de él, la tarea será más dispendiosa.

En todo este proceso, la comunicación resulta fundamental. Es urgente crear redes de apoyo, de intercambio de experiencias, de fomento de iniciativas que promuevan el empoderamiento, la vitalidad y la iniciativa juvenil. La próxima Cumbre Mundial de Jóvenes, por celebrarse en Bogotá en octubre próximo, es el escenario ideal para este propósito, pues allí se conocerán y compartirán experiencias de éxito que inspiran a muchachos de todo el mundo.

No es sano para una sociedad como la nuestra, que tiende al envejecimiento, dejar que el futuro sorprenda a nuestros jóvenes sin las herramientas necesarias para seguir tejiendo caminos de esperanza y no de desilusión.

editorial@eltiempo.com.co

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