Editorial

Elecciones en la región

Este será un año electoral muy movido en Latinoamérica, con la corrupción como tema central.

14 de enero 2018 , 01:31 a.m.

Bajo la sombra larguísima del escándalo continental de los sobornos de Odebrecht, los ciudadanos de Costa Rica, Paraguay, Colombia, México, Brasil y Venezuela acudirán a las urnas este 2018 para elegir presidente, con la lucha contra la corrupción como una de las plataformas principales de campaña y en un ambiente enrarecido por el estancamiento de las economías, una cada vez más exigente clase media y la incógnita de lo que será el comportamiento electoral de millones de ‘millennials’, que siguen siendo un dolor de cabeza para las firmas de medición de opinión pública.

Si bien es cierto que el tema de la corrupción rara vez ha puesto presidentes en la región –por lo sucedido en los últimos años y con el antecedente aún fresco de la salvada del presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, por una controvertida alianza con un sector de la oposición a cambio del indulto del expresidente Fujimori–, esta vez sí puede ser determinante, ya que el contexto económico hará que los ciudadanos estén más vigilantes sobre cómo se invierten los recursos en países que se han visto sacudidos por desfalcos a todo nivel.

Y si por el triunfo del derechista Sebastián Piñera en Chile y el aparente timonazo del Gobierno de Ecuador en alianza con sectores de la partidocracia tradicional se cerró el 2017 con la sensación de que Latinoamérica viraba a la derecha, los resultados de las elecciones en México y Brasil pueden cambiar dramáticamente la ecuación. De hecho, Ecuador realizará una consulta para intentar cerrar las puertas a una reelección más de Rafael Correa.

En el caso mexicano, la incógnita está en saber si el izquierdista Andrés Manuel López Obrador logra por fin la presidencia sobre un PRI que tuvo un descolorido regreso al poder con Enrique Peña Nieto. El candidato del oficialismo será José Antonio Meade, que juega a la ambigüedad de no pertenecer al ‘dinosaurio’ para deslindarse de los escándalos de corrupción, como algunos otros aspirantes en la región que lanzan la carta de la independencia para no parecer cómplices de los delitos de sus copartidarios. Más allá del manejo del desastre que deja el narcotráfico y de la violencia de los carteles de la droga, lo clave será el rediseño de la política exterior y comercial respecto a Estados Unidos y el desafío de renegociar el TLC norteamericano.

Y en Brasil, pese a los escándalos que lo han rodeado y a la condena, en julio, a 9 años de prisión por corrupción, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva es todavía una alternativa válida para millones, que lo siguen viendo con un sentimiento que supera la decepción y da paso a la esperanza. Se enfrentaría a Jair Bolsonaro, candidato de extrema derecha que parece querer imitar el estilo antipolítico de Donald Trump, en medio del rechazo a las políticas de ajuste de Michel Temer.

Pero quizás el certamen electoral más inquietante será el de nuestra vecina Venezuela, país que se deshace a jirones y en donde el presidente Nicolás Maduro ha aplastado toda forma de manifestación democrática al instalar una dictadura que, paradójicamente, está llena de elecciones, en su mayoría viciadas, sin auditorías, con un árbitro parcializado a favor del régimen y en las que la oposición ha jugado un penoso papel, bien por el juego sucio del Gobierno, bien por sus propios yerros y divisiones internas. El madurismo se prepara para su eternización, a menos que suceda algún milagro de esos que a veces se dan en Latinoamérica. ¿Por qué no?

De otra parte, las elecciones en Colombia despiertan un interés generalizado porque se percibe que estará en juego el proceso de paz con las Farc, con todo y la participación de la desmovilizada guerrilla en la contienda electoral, así como el futuro de la estancada negociación con el Eln. Y como novedad, un asunto de política exterior podría ser clave: Venezuela y la cada vez más masiva inmigración de sus nacionales hacia nuestro territorio.

Esos son los escenarios, dominados por un preocupante elemento común: la desconfianza. Según el Latinobarómetro, si en el 2016 había en la región una baja satisfacción con la democracia del 34 por ciento, en el 2017 esta cayó a 30. Tal guarismo es, sin duda, una puerta abierta al populismo de izquierda o de derecha que tanto daño les ha hecho a nuestras democracias y a nuestras economías.

Y hay otro elemento insoslayable: con el fin del gobierno de Michelle Bachelet en Chile, la región se queda sin mujeres en el poder, y, al menos a estas alturas y por lo visto en los sondeos, las candidaturas femeninas están pendientes de cuajar. ¿Marina Silva en Brasil? ¿Marta Lucía Ramírez o Clara López en Colombia? Será un año muy movido.

editorial@eltiempo.com

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