Editorial

El viaje de Marín

Lo que venga en este caso debe fortalecer el proceso y también la lucha contra el crimen organizado.

18 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Desde el momento mismo en que se conoció la noticia de la captura de cuatro personas, entre ellas ‘Jesús Santrich’, acusadas por la justicia norteamericana de conspirar para introducir cocaína a ese país, surgió la preocupación de hasta qué punto este hecho afectaría el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y las Farc.

Mientras que algunas voces interpretaron el suceso como una especie de tiro de gracia, otras, incluido este diario, hicimos énfasis en que lo ocurrido resultaba siendo una prueba contundente de la solidez de lo pactado, que acababa fortaleciendo el proceso en términos de credibilidad. Y es que estaba claro que quien delinquiera después de estampadas las firmas quedaría por fuera de la justicia especial, y así sucedió en el caso de ‘Santrich’ en particular, quien ahora seguramente deberá vérselas con la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, que lo requiere.

En ese momento no había mayores indicios del giro que daría esta compleja trama gracias a otro de los capturados: el enigmático Marlon Marín, a quien desde el primer momento se lo referenció solo como el sobrino de ‘Iván Márquez’.

Lo cierto es que tras la decisión de Marín de viajar este martes en la madrugada al país del norte con la intención de colaborar con la justicia, este adquirió un verdadero rol protagónico, y ahora los reflectores deben dividirse entre lo que ocurra con él y la suerte de ‘Santrich’.

Una cosa es lo que ocurra con su testimonio en Estados Unidos en términos de delaciones y otra, el avance en la implementación de los acuerdos.

Sobre lo primero hay que anotar que tan importante como la información que pueda entregar respecto a posibles delitos de narcotráfico es la que tiene que revelar sobre su presunto papel como intermediario en posibles casos de corrupción con los contratos del posconflicto. Por este motivo, Marín deberá responder ante la justicia colombiana a su regreso, pero, entre tanto, su colaboración es fundamental, y los medios para que esta tenga lugar y sea efectiva deben estar disponibles. Es verdad que antes de su partida ya tuvo contacto con la Fiscalía, pero es evidente que la comunicación no se puede cortar de ninguna manera.

También hay que ser claros en que una cosa es el desarrollo que pueda tener su testimonio ante dicho tribunal en términos de delaciones y otra, el avance en la implementación de los acuerdos. Y para ello no hace falta sino recordar las reglas pactadas y actuar conforme a ellas: si algo de lo que pueda revelar Marín apunta a actuaciones posteriores a la firma, sus hipotéticos responsables deberán correr la misma suerte de ‘Santrich’. En caso contrario, es un hecho, y no puede caber duda respecto a que la Jurisdicción Especial para la Paz los cobija. Desde luego, cabe un recordatorio a la justicia norteamericana en este sentido. No obstante las buenas relaciones entre ambos Estados, que se expresan sobre todo en el plano de la cooperación judicial, queda muy poco espacio para dudas o suspicacias al respecto.

Se trata, como conclusión, de un capítulo particularmente complejo de esta historia. Pero basta que haya sensatez, claridad y apego a las normas para que su desenlace sea uno en el cual todos ganen, en particular la lucha global contra el crimen organizado y el proceso de paz colombiano.

editorial@eltiempo.com

Marlon Marín

Marlon Marín.

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