Editorial

El último plazo

Que se hayan acordado 20 días más para la entrega de armas por las Farc es una buena noticia.

31 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Aunque formalmente las negociaciones entre el Gobierno y las Farc concluyeron con la firma del acuerdo del teatro Colón, en el tiempo transcurrido desde este hecho son cada vez más frecuentes las escenas que rememoran lo vivido en La Habana.

Dándoles la razón a quienes desde el primer día del comienzo del proceso de paz señalaron que la implementación de lo que se acordara sería incluso más difícil que la búsqueda de consensos en la mesa, estas últimas semanas han estado marcadas por nuevos y arduos tires y aflojes.

El más reciente tuvo que ver con la imposibilidad de cumplir con todo lo que se había previsto para el llamado día D+180 (mañana jueves, 1.° de junio), en particular con la dejación total de armas por los hombres de ‘Timochenko’. Dada esta realidad, se acordó ampliar tal plazo en veinte días, así como en sesenta el de la vigencia de las zonas veredales en las que están concentrados los subversivos.

Las razones: demoras en concretar aspectos claves de lo firmado, que van desde la adecuación de dichas zonas veredales hasta la elaboración de un marco jurídico que permita el tránsito de los combatientes a la legalidad. Tampoco se puede echar en saco roto el acecho de grupos armados ilegales, aquellos que tienen en la mira tanto los territorios que dejan las Farc como a sus propios integrantes.

De desperdiciarse la oportunidad planteada, lo que tomó tanto construir estaría, ahora sí, en serio riesgo de derrumbe

Es claro que en este lapso de seis meses no han faltado los obstáculos surgidos de incumplimientos de parte y parte. Mientras algunos son de difícil justificación, otros pueden tolerarse con mayor facilidad, puesto que han surgido de contingencias propias de un acuerdo de paz como este, firmado en el contexto de un Estado de derecho.

En este orden de ideas, mejor que entrar a calificar una por una las piedras que han aparecido en el camino es referirse a cierto desconcierto que produce constatar que factores como la desconfianza y tozudez de las Farc, así como las inercias propias de la burocracia estatal, han hecho su inesperada aparición como grandes lastres que han impedido la celeridad deseada.

En medio de todo, constituye una buena noticia haber alcanzado, de común acuerdo con Naciones Unidas, un consenso para contar con una nueva fecha límite. Es verdad que si se soportaron más de cinco décadas de azote del conflicto, unos días más para ver la luz en semejante hecho, la dejación de las armas, se justifican.

Eso sí, estas nuevas fechas no pueden ser susceptibles de variación. Ello debe quedar claro, pues lo decidido tiene un doble filo: así como obliga a terminar con los pendientes y enfilarse hacia el siguiente hito, de desperdiciarse la oportunidad planteada –escenario absolutamente indeseable–, lo que tomó tanto construir estaría, ahora sí, en serio riesgo de derrumbe.

Quemar este cartucho debe llevar, pues, a revestir de legitimidad lo que resta del proceso y a solidificar la confianza. Y esto solo se logra con hechos. El tiempo adicional tiene que ser el de la sucesión de actos contundentes, que no dejen duda sobre el compromiso de las Farc de hacer política sin armas y del Estado con la eficiencia de todas sus esferas involucradas: de ninguna manera puede ser el de nuevas dilaciones.

editorial@eltiempo.com

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