Editorial

El polémico João Havelange

Su gestión al frente del máximo ente rector del balompié mundial marcó un antes y un después.

16 de agosto 2016 , 09:15 p.m.

Hubo un momento de su vida, por allá a finales de la década de 1990, cuando abandonó la presidencia de la Fifa y la dejó en manos de su alumno más aventajado, Joseph Blatter, que João Havelange –fallecido ayer en Río de Janeiro a sus 100 años– tuvo la certeza de que sería recordado como el hombre que transformó el fútbol en un producto que se comercia en el mercado de los contenidos audiovisuales.

Y es que no hay duda respecto a que su gestión al frente del máximo ente rector del balompié mundial marcó un antes y un después. Convirtió un hecho político y cultural en una industria del entretenimiento, y vaya industria. Entre 1974 y 1998 logró que una actividad que era administrada bajo criterios arcaicos, pensada como una herramienta para promover valores, se transformara, por obra y gracia de su olfato y de la televisión, en una empresa gigante dispuesta a jugar, y a ganar por goleada, el juego del capitalismo. Si hoy el fútbol es una religión universal es gracias a él, que extendió su reino a continentes como Asia y, sobre todo, África.

Pero, todo hay que decirlo, a Havelange –de ascendencia belga, nadador y waterpolista en su juventud– le faltó procurar que el juego limpio que tanto promovió en la cancha permeara toda la estructura que montó.

En sus últimos años fue testigo de cómo dicho andamiaje –en el que había prosperidad y corrupción en dosis iguales– quedó al descubierto. De cómo el mundo supo, gracias en buena medida a la justicia norteamericana, que montó un negocio regido más por los códigos de la mafia que por las buenas prácticas que traen los libros de ética empresarial. Creyó, erróneamente, que la capacidad del balompié para paralizar naciones, para movilizar masas, para ser objeto del deseo de gobernantes, era garantía de blindaje. Patente de corso.

Falleció mientras en su ciudad, en la que nació, en la que se despidió, se realizaban unos Juegos Olímpicos de los que fue uno de sus artífices: hasta el último día se movió como pez en el agua en esas esferas donde se sobreponen poder económico, política y deporte. Los tres polos que determinaron su existencia, en ese orden jerárquico.

editorial@eltiempo.com

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