Editorial

El maestro Nicolás Suescún

Este poeta puso en manos de los colombianos obras maestras que de otro modo no habrían conocido.

19 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Quizás la mejor manera de definir la vida del poeta bogotano Nicolás Suescún, que murió el viernes pasado en la misma ciudad en la que nació en 1937, sea decir sin ambages que vivió la vida de un maestro. Los hombres como Suescún, que viven por los libros y para los libros, que defienden la lectura como una suerte y un alivio, han sido siempre escasos, pero en estos tiempos resultan todavía más necesarios, más entrañables.

Suescún fue escritor, traductor, editor, periodista, librero. Y como las otras grandes voces de la memorable revista Eco, como Jorge Gaitán Durán o Hernando Valencia Goelkel o Ernesto Volkening, puso en manos de los lectores colombianos obras maestras que de otro modo no habrían conocido.

Murió el poeta Nicolás Suescún

Nicolás Suescún nació en Bogotá en 1937. Fue escritor, traductor, editor, periodista y librero.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Gracias a las magníficas traducciones de Nicolás Suescún se leyeron en Colombia textos fundamentales como 'Una temporada en el infierno', de Arthur Rimbaud, o 'El río', de Wade Davis. Sus poemarios, de' La vida es' (1986) a 'Jamás tantos muertos' (2008), tendían a la sobriedad, a la precisión, igual que él. Su novela 'Los cuadernos de N', tan comentada en los círculos literarios del país desde los años noventa, es un homenaje a la literatura en los tiempos de la brevedad –y, como se ha dicho, es clara en esas páginas la presencia de Dostoievski y de Kafka–, pero es también la mejor prueba de un fino sentido del humor que era también su marca de estilo como persona.

Fue un intelectual de verdad. Sin aspavientos ni lagarterías. Sin concesiones a la galería ni mezquindades. Más allá de los círculos literarios, que siempre tuvieron claros sus talentos como traductor, cuentista y poeta, fue reconocido en vida con el premio Vida y Obra de la Secretaría de Cultura de Bogotá. Su amigo el librero Álvaro Castillo, que compartió con él la devoción por los libros, lo describió para este diario como “uno de los más grandes ejemplos de dedicación absoluta y total a la literatura, de una manera discreta, humilde y sin pretensiones”. Suescún era un maestro que contagiaba amor por las letras sin imponerse, sin declararse especial. Y solo tuvo que ser él para dejar una obra.

editorial@eltiempo.com

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