Editorial

‘El infierno en la Tierra’

La guerra que vive Siria refleja la apatía del mundo ante un drama que deja más de 470.000 muertos.

27 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

El respeto por la vida humana parece haber desaparecido en Siria, donde la cruenta guerra que cumplirá siete años en marzo ha puesto en evidencia la apatía del mundo y la ‘anestesia moral’ frente a una tragedia que ya deja más de 470.000 muertos, 6 millones desplazados internos y más de 5 millones de refugiados.

En ese rincón del planeta se han sobrepasado todos los límites que se creía se les habían puesto a los conflictos. El régimen de Bashar al Asad ha usado armas químicas y bombardeado de manera indiscriminada hospitales y colegios. Eso no se puede olvidar.

Los niños son, sin duda, los que más han sufrido en esa guerra. En agosto de 2016 se conoció la imagen de Omran Daqneesh, un menor de 4 años que sobrevivió a un ataque aéreo en la hoy destruida ciudad de Alepo y, sin llorar, esperaba con la cara cubierta de polvo a que lo atendieran en una ambulancia.

Pero de nada sirvió mostrar en ese entonces el calvario de los inocentes en Siria. Hace una semana, otro baño de sangre comenzó en la región de Guta Oriental, bastión opositor en las afueras de Damasco y en donde se estima que están sitiadas unas 400.000 personas.

De nada valió la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU  para que se diera una tregua de 30 días que permitiera el ingreso de ayuda humanitaria y la evacuación de los heridos.

Con el apoyo de fuerzas prorrégimen empezaron los bombardeos, que han dejado al menos 550 muertos, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH). La situación es de tal magnitud que familias enteras se refugian en sótanos para intentar sobrevivir a lo que el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, calificó como “un infierno sobre la Tierra”. Es un símil claro, pues las bombas siguieron cayendo y la cifra de muertos y heridos aumenta. De nada valió la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU adoptada el sábado pasado para que se diera una tregua de 30 días que permitiera el ingreso de ayuda humanitaria y la evacuación de los heridos.

Ante una situación que no parece cambiar, el mundo no puede hacer oídos sordos a la plegaría de los civiles que claman que los bombardeos cesen y sus vidas sean respetadas. Aquellos que han apoyado la intención de Al Asad de perpetuarse en el poder –como Irán, China o Rusia, que prometió un cese del fuego diario de cinco horas desde hoy– o han respaldado militar o económicamente a los grupos opositores –como EE. UU., Turquía, Arabia Saudí y Jordania– deben pensar en buscar una salida pacífica urgente y presionar para que así sea.

Ya se ha advertido desde varias esquinas que esa complicidad de la comunidad internacional en la guerra siria puede afectar la reputación de la ONU, que, si bien ha condenado abiertamente las atrocidades, no ha logrado encontrar los mecanismos para presionar de una manera efectiva el fin del conflicto en un país que parece más listo para una disolución territorial que para un acuerdo de paz. Lo que se vive allí es la peor brutalidad contra la población civil.

Por eso no se puede perder la capacidad de asombro ante tales atrocidades, pues, como señalan expertos, el cruce de las líneas rojas en Siria sin una respuesta adecuada puede ser la puerta para que ese escenario desesperanzador se repita en cualquier otro lugar del mundo.

editorial@eltiempo.com

Siria

Entre las víctimas de ataques de este lunes, figuran nueve miembros de una familia, entre ellos tres niños, muertos en ataques aéreos del régimen sobre Duma, la principal ciudad de Guta oriental.

Foto:

EFE / Mohammed Badra

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