Editorial

El grito de una región

El clamor del Pacífico, resumido en salud, agua potable y vías, debe ser atendido por el Estado.

22 de mayo 2017 , 02:37 a.m.

El clamor del Pacífico colombiano es legítimo. Dignidad es lo que piden los más de 80.000 ciudadanos que se han movilizado desde hace una semana, principalmente en Quibdó y Buenaventura, pero también en Lloró, Acandí y más de 10 municipios en esta región, además de Bogotá y otras capitales. Para dar una idea más clara de la envergadura, puede decirse que en Venezuela, donde el motivo de las marchas es de carácter nacional, se calcula que a las calles salieron el pasado fin de semana 200.000 personas.

Su población hoy lucha por ser tratada por fin con dignidad y para ello se vale, precisamente, de una dignidad robusta y ancestral que abunda entre la gente pero escasea entre los dirigentes.

Lo cierto es que más allá de inaceptables hechos violentos como los vistos en Buenaventura el viernes, que han sido oportunamente rechazados por los líderes de la protesta, es hora de que el Estado escuche lo que pide una región para la que el desarrollo ha estado espaldas. En el puerto, 81 % de la población está en la pobreza y 44 %, en la indigencia. El desempleo ronda el 70 % y los que más lo sienten son los jóvenes, quienes, a su vez, están en la mira de los grupos armados que en esta parte del país, como en Tumaco, quieren algo más que el control de las rutas del narcotráfico. Chocó es el departamento con mayor cantidad de personas en ambas situaciones.

La dignidad que reclama el pueblo del Pacífico es tener acceso a agua potable las 24 horas, contar con un hospital de tercer nivel en la capital del departamento y en el principal puerto nacional, un sistema de servicios de salud de calidad, adicionar los recursos para terminar los 40 kilómetros de la vía Quibdó-Medellín y gozar de una educación de calidad. Nada distinto a una oferta mínima de calidad de vida.

Monseñor Héctor Epalza, obispo de Buenaventura, lo ha dicho con claridad y contundencia: lo que se solicita son soluciones estructurales para problemas estructurales. El jerarca católico, quien ha apoyado la protesta, entiende el desconcierto de una comunidad que sabe que su causa amerita afrontar las penurias que vienen con el paro. Que se niega a aceptar que del Estado solo tengan noticia con la llegada de la Fuerza Pública.

Ahora bien, en medio de la exaltación, hay que resaltar como signo esperanzador la capacidad de organización regional, que además se ha mostrado crítica y les ha demandado a los gobiernos locales y departamentales que ejerzan el liderazgo que les corresponde.

Ante las pérdidas humanas y económicas del paro, el Estado debe poner a disposición toda su capacidad para responder con soluciones concretas antes que con reclamos de vuelta. Las dimensiones y las raíces de la crisis no dan margen alguno para subir el tono desde Bogotá.

Y es que la situación es delicada: la presencia de varios grupos armados que disputan el control territorial con el mismo Estado obliga a obrar con pies de plomo y con la consigna clara de que tan importante como neutralizar a estos criminales es ganarse los corazones de la gente. Algo que solo se logra con hechos que generen confianza y permitan que esta coyuntura sea la oportunidad para que una ciudadanía activa sea veedora y garante de su derecho a una vida digna.

editorial@eltiempo.com.co

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