Editorial

EE. UU. y su condena

Una sociedad con los valores como los del país del Norte debe actuar y controlar la venta de armas.

07 de noviembre 2017 , 12:51 a.m.

En la medida en que nada cambie respecto a las causas del problema, la reacción a cada nuevo episodio de masacres en Estados Unidos a manos de civiles armados deberá seguir el mismo guion.

Y es necesario que así sea. No hay alternativa. Hay que decir una y mil veces que una sociedad con los logros, valores y virtudes como los del país del Norte tiene que llegar a un acuerdo ya sobre un control muchísimo más riguroso de la posesión de armas de fuego por parte de particulares, si es que no quiere que todo lo positivo que tiene, que es mucho, termine naufragando en el río de sangre de las víctimas inocentes de los desquiciados.

Esta vez fue en Texas, donde 26 personas murieron. El autor, una persona cuya fachada permitía suponer que era un vecino más, pero que albergaba un infierno interior. El mismo que le sirvió de infernal fuente de inspiración para una mortal puesta en escena de todo lo que lo carcomía, el pasado domingo, en una iglesia de la pequeña población de Sutherland Springs.

Por supuesto, hay que preguntarse qué está pasando en una sociedad en la que con tanta frecuencia surgen asesinos en serie. Y aquí hay que incluir a los que, como el protagonista de los hechos de Nueva York la semana pasada, usan la máscara de ocasión del terrorismo. Una parte fundamental de la tarea es esa: diagnosticar qué es lo que falla y proceder a actuar.

Las leyes no pueden seguir ancladas en un pasado que no regresará. Que un pacto sea fundacional, la Constitución, no lo hace pétreo.

Es un reto gigantesco que toca todos los campos: desde la economía hasta la salud pública, pasando por la educación. Para ello, hacen falta líderes con unas calidades que hoy brillan por su ausencia. De ahí que haya que hacer votos para que ojalá pronto esos nuevos líderes asomen en el panorama de esta nación.

Todo lo anterior es lo importante, pero por lo pronto hay que priorizar lo urgente. Y aquí lo urgente es entender que la sociedad que en su momento elevó a precepto constitucional el derecho a portar armas ha cambiado. Que son necesarios rigurosos controles para comprar uno de estos artefactos de muerte.

Es claro a esta altura que, como en cualquier otro país, en cualquier otra civilización, las leyes deben dar cuenta de las realidades sociales. No pueden seguir ancladas en un pasado que no regresará. Que un pacto sea fundacional, la Constitución en este caso, no lo hace pétreo. Sobre todo cuando dichas realidades son tan crueles. Sin más rodeos, unas que nos muestran a un número muy alto de personas con perturbaciones mentales, capaces de cualquier atrocidad y que no encuentran el menor obstáculo cuando se deciden a dar rienda suelta a una catarsis asesina.

Como la de las escuelas de Columbine y Sandy Hook, como la de la discoteca de Orlando, como la del festival de música de Las Vegas, como la de la iglesia en Texas.

Como la que, de no hacerse nada ya, de seguir buscando el ahogado río arriba, vendiendo el sofá, probablemente y con mucho dolor tendremos que volver a comentar en un futuro, por desgracia, no muy lejano. Estados Unidos y su gente se merecen un futuro sin esta condena.

editorial@eltiempo.com

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