Editorial

Editorial: Dejar de matarnos

Se debe valorar la importancia de la determinación de las Farc a la luz de su dimensión humana.

25 de septiembre 2016 , 12:25 a.m.

Independientemente de las valoraciones de las que pueda ser objeto, de lo que se pueda decir sobre el marxismo, el leninismo y ciertas lecturas de la vida de Simón Bolívar como camino hacia una mejor sociedad, es claro que desde su creación hace más de cincuenta años, las Farc contaron con una plataforma ideológica.

Inspiradas en las corrientes de marras, han enarbolado un conjunto de ideas que reflejan su visión de la política, la economía y, en términos generales, la sociedad.

La misma ideología que esta organización consideró en su momento que no podría materializarse sino a través de la toma del poder por la vía de las armas. Así, libraron una lucha que bañó en sangre al país. Que desató un conflicto, el cual, con la participación de otros actores, ha dejado cerca de siete millones de víctimas de diversos delitos.

Hoy, esta postura ha cambiado. Las Farc han puesto punto final a una larga y sangrienta historia de combinación de armas y política. Tal giro queda claro en el texto del Acuerdo Final que mañana firmarán en Cartagena Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, y también en el documento que reúne las conclusiones de las discusiones que tuvieron lugar esta semana en el marco de la décima conferencia del, por no mucho tiempo más, grupo insurgente.

De no mediar un triunfo del No en el plebiscito del próximo domingo, las Farc dejarán las armas y se convertirán en un partido político. Cambiarán los fusiles por los argumentos. “El camino acertado y esperado por la sociedad colombiana”, en palabras de ‘Timochenko’ el viernes en su discurso de cierre del evento. Tiene razón.

Es un hecho de enorme relevancia si estamos de acuerdo en que la tendencia a resolver por la fuerza las disputas surgidas del roce entre distintas maneras de concebir el orden social es el más pesado de los lastres que ha arrastrado nuestra sociedad. El mismo que ha privado a generaciones enteras de colombianos de una vida mucho más digna, cuando no les ha arrebatado la existencia. Es desde esta óptica como la terquedad del Eln se ve aún más absurda, si es que esto es posible.

Los hombres de ‘Gabino’ se empecinan en transitar una senda que llevó a las Farc a cometer crímenes atroces, al tiempo que su barniz político se diluía o, por lo menos, se mimetizaba hasta hacerse casi invisible para la gran mayoría de los colombianos. Los atrapó en un círculo vicioso de atrocidades (el secuestro, las minas antipersonas, el reclutamiento forzado de menores, el uso de armas no convencionales, la violencia sexual contra civiles, contra sus propias combatientes, entre muchas otras), por no mencionar todo lo que para su causa implicó el involucramiento de varios de sus frentes en eslabones de la cadena del negocio del narcotráfico, distintos a la siembra y recolección de la hoja de coca.

Fue así como las Farc terminaron subordinando lo político a lo militar, al punto de constituirse en auténtico ejército de ocupación en algunas regiones del país, lo cual no solo les generó enormes costos en términos de respaldo popular, sino que los hizo, en gran medida, sordos a los clamores provenientes de los miles de víctimas para que dejaran sus acciones.

La buena noticia, que se confirma luego de la conferencia de los llanos del Yarí, es que este lamentable estado de cosas llegó a su fin. Primó, milagrosamente quizás, tal y como lo sugirió esta semana el comisionado de Paz, Sergio Jaramillo, la sensatez y se ratificó el consenso que Colombia anheló por décadas y que las partes lograron en Cuba: hay que dejar de matarnos.

Como lo afirmó en su columna en este diario el sacerdote jesuita Francisco de Roux, para que este hecho ocurriera fue fundamental el papel de las víctimas en los diálogos de La Habana, lo cual habrá que subrayar cuantas veces sea necesario, así como aplaudir a quienes se preocuparon por que nunca dejaran de ser el centro de la negociación.

Ellos y ellas les demostraron a los negociadores, como lo plantea en su texto de esta semana De Roux, “que el problema de fondo ha sido y sigue siendo la incapacidad de reconocernos como seres humanos con igual valor y dignidad. Por eso la desconfianza, el desprecio, la capacidad de destruirnos siendo la misma sangre y la misma carne colombiana, evidenciada en los ocho millones de víctimas que gritan al mundo lo que somos”.

Todo apunta a que el problema de base ha sido resuelto. Y esto debe ser motivo de regocijo. Una alegría que, no obstante, tiene su polo a tierra en el enorme desafío de la implementación de los acuerdos. El camino a una mejor sociedad ha sido trazado y en buena medida, despejado. Lo siguiente es tomar la decisión de empezar a recorrerlo y avanzar de manera conjunta, con las Farc incluidas. De este lado, del lado de la democracia, del respeto al Estado de derecho y a los derechos humanos.

Por lo pronto, el mensaje es que se valore la importancia de la determinación de esta guerrilla a la luz de su dimensión humana. Es apenas un primer paso, reiteramos, pero fundamental, decisivo y, ante todo, esperanzador.

editorial@eltiempo.com.co

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