Editorial

Editorial: Dos veces víctimas

La arquidiócesis de Cali, con la polémica defensa en un caso de pederastia, ha causado indignación.

12 de febrero 2017 , 11:44 p.m.

Quizás la conclusión más dura de las investigaciones del cura Richard Sipe, que tanto sirvieron a los célebres informes especiales del ‘Boston Globe’, sea aquella de que la pederastia en la Iglesia católica no es cuestión de manzanas podridas, sino un problema estructural. Por supuesto, la Iglesia cumple un trabajo pastoral importante y respetable, cuenta con guías bienintencionados y buenos, y es el hogar de millones de seres humanos que aspiran a encauzar su espiritualidad. Pero, como ha sido probado por la ley en tantos países, lleva adentro también a verdugos que causan daños enormes e irreparables.

Esa realidad, que en la Iglesia han convivido sistemáticamente los santos con los abusadores, ha vuelto a ser evidente con la noticia del caso judicial que enfrenta la Arquidiócesis de Cali a raíz del indignante episodio del sacerdote William de Jesús Mazo. Mazo fue condenado a 33 años de prisión por haber abusado en el 2009, en el Distrito de Agua Blanca, de cuatro menores de edad, pero, según el abogado de los niños, los juristas defensores de la Iglesia ofendieron a la sociedad colombiana entera con el increíble argumento de que aquella humillación sexual no había sido una infamia del cura, sino un descuido de los padres de las víctimas.

El pasado viernes, monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de la Arquidiócesis de Cali, dio la cara a la opinión con su versión de los hechos: jamás se les ofreció soborno a las familias de los niños abusados por el sacerdote, sino apenas apoyo para reparar lo irreparable y para conseguir la reconciliación –dijo monseñor–, pero sí existe un documento en el que el abogado designado por la Iglesia sugiere la culpabilidad de los menores y de sus padres: “esa carta refleja la posición del abogado en términos jurídicos y en ellos se cita el Código Civil que habla de la responsabilidad de los padres en estos casos, creo que no se está diciendo que son culpables”, dijo.

Quizás no se esté diciendo eso, quizás simplemente se está ejerciendo el legítimo derecho a la defensa, pero no cabe duda de que de paso se está revictimizando a esos cuatro niños que tendrán que lidiar hasta la vejez con el fantasma de la violencia sexual y con la desconfianza hacia los representantes de una Iglesia que desde lejos parece un refugio a los peligros y los horrores de la vida. Tal vez sea clara la disposición de la Arquidiócesis a la reconciliación y la reparación, pero también lo es el hecho escalofriante de que, no obstante los llamados del papa Francisco, a los altos representantes de la Iglesia les sigue costando trabajo ser sensibles a la perversión que han tenido tan cerca desde hace tanto tiempo.

La literatura, el cine, el periodismo: todos los modos de narrar han denunciado, como el cura Sipe, que la pederastia en la Iglesia no puede ser reducida a la lapidación de unas cuantas manzanas podridas, sino que se trata de un asunto de fondo que resquebraja la credibilidad de la institución, pues su propósito es justamente el alivio, la reivindicación de los humillados. Y, sin embargo, con la sociedad alerta y los hechos probados, la Iglesia sigue permitiendo la revictimización de los indefensos. Es tiempo de que alcance y respalde y refuerce a la ley.

EDITORIALeditorial@eltiempo.com.co

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