Editorial

Dos grandes flagelos

Inseguridad y corrupción –ambas en aumento– alimentan, con razón, el pesimismo de los colombianos.

02 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Atenta nota deberán tomar los aspirantes a la presidencia de los resultados revelados el miércoles por la más reciente encuesta de la firma Gallup, la misma que cada dos meses hace una medición del clima de opinión del país.

Según el sondeo, los ciudadanos observan la situación de Colombia con el lente del pesimismo: el 75 por ciento de los encuestados creen que las cosas están empeorando. Esto en términos generales. En terrenos específicos encontramos que la corrupción y la inseguridad son los principales motores de tal percepción, también reflejada en el descrédito de casi la totalidad de las instituciones. Solo se salvan las Fuerzas Militares y la Iglesia católica.

De vuelta a la corrupción, el 91 por ciento de los interpelados consideran que va en aumento, mientras que para el 90 por ciento, la inseguridad ha empeorado. Las recientes acciones del Eln se han traducido, a su vez, en un aumento considerable del porcentaje de quienes ven un futuro poco halagüeño en este campo: solo el 26 por ciento cree que hay mejoras, muchos menos que en diciembre, cuando el 44 por ciento de los participantes en la encuesta eran optimistas.

El reto para los candidatos es romper el círculo vicioso del desánimo. De ninguna manera pueden aprovecharse de él.

Los numerosos y aún frescos escándalos por malos manejos de las finanzas públicas, así como los que tocan a la Rama Judicial, alimentan la sensación de que la corrupción crece. Y no son pocos los colombianos que lo han evidenciado en su cotidianidad. Un sentimiento de tal dimensión, y tan consolidado, obliga a tomar decisiones inmediatas, que ataquen la raíz del problema. De ahí que, y a buena hora, los candidatos hayan coincidido en la necesidad de replantear el funcionamiento de los llamados cupos indicativos, que determinan la relación entre el Ejecutivo y los congresistas. Sin pretender con esto minimizar la gravedad del problema, debe advertirse un hecho positivo: que estén cayendo los corruptos y quedando expuestas sus redes. Pero, inevitablemente, acarrea uno negativo: que se haga más robusta la sensación de desolación.

Es una percepción que también se tiene frente a lo que ocurre con la seguridad: mientras caen las cifras de homicidios y de ciertas modalidades delictivas, las de hurtos simples o con amenaza están disparadas. Y son estas últimas las conductas que más afectan la sensación de tranquilidad de la gente. Como ya se ha planteado, en el fenómeno entran a jugar numerosos factores, que van desde las fallas e inoperancia de la justicia hasta el hecho de que poderosas estructuras criminales con ramas en el extranjero, antes dedicadas a actividades como el narcotráfico, hoy estén incursionando en este terreno, tal y como en su momento lo denunció la Unidad Investigativa de este diario. De lo que no cabe duda es de que urge una nueva manera de abordar el problema, que sea estructural y no se quede en paños de agua tibia. Dicho todo lo anterior, es de resaltar que son más (57 por ciento) los colombianos satisfechos con su estándar de vida.

A quienes hoy están en la contienda política hay que advertirles que este panorama debe inspirar la responsabilidad antes que las fórmulas que buscan sacar cuestionable y peligroso provecho de lo que hoy siente la gente. En sus manos tienen la posibilidad de romper el círculo vicioso del desánimo.

editorial@eltiempo.com

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