Editorial

Editorial: Desminando a Colombia

No basta silenciar los fusiles, sino poder labrar y caminar la tierra. Y sobre todo, salvar vidas.

04 de agosto 2016 , 07:42 p.m.

Cuesta 330 millones de dólares desminar 52 municipios colombianos, y nuestro territorio estará libre de minas en el 2021, pero suena a poco dinero y poco tiempo si se piensa en los cientos de víctimas desmembradas por los artefactos más infames de la guerra.

Fue en Briceño, Antioquia, hoy en día testigo del plan piloto de erradicación voluntaria de matas de coca, donde comenzó el proceso de desminado: el fin de la guerra con las Farc debe conducir al fin de la costumbre perversa e inhumana de sembrar minas antipersonas para reclamar el territorio, para ponerles a los enemigos la peor trampa que se inventa en los conflictos degradados.

Es increíble que sea imposible transitar los campos colombianos sin exponerse al horror de pisar algún tenebroso dispositivo, pero eso sucede hoy en demasiados municipios del país.

Dice el Ejército Nacional en un comunicado reciente que “para entregar a Colombia como territorio libre de sospechas de minas” se activará la primera Brigada de Ingenieros de Desminado Humanitario y que será conformada –en cinco batallones, ubicados en Antioquia, Cesar, Caldas y Santander– por cinco mil militares expertos en desminado.

Son cifras enormes, claro: 330 millones de dólares de presupuesto, 52 municipios plagados de minas, 51 kilómetros cuadrados de territorio, cinco años de trabajo incansable, cinco batallones, cinco mil soldados dedicados a la escalofriante causa. Pero esa es la magnitud de la guerra delirante que se ha estado librando aquí en las últimas décadas, y esa es la magnitud de la inversión que se requiere para que los colombianos recobren su derecho a transitar por su país sin temerles incluso a sus propios pasos, sin ver sus vidas signadas por las amputaciones y las muertes infames.

Luego de los corajudos ensayos en la vereda El Orejón, de Briceño –una esperanzadora muestra de que tanto las Farc como el Gobierno están dispuestos a trabajar juntos en este empeño–, el desminado humanitario entrará finalmente a una segunda fase, acompañado por la OEA, Estados Unidos y Noruega.

Será un trabajo titánico, pues por su complejidad la tierra colombiana debe ser recorrida a pie si se quieren encontrar los explosivos: en Briceño, donde se han destruido 33 artefactos y se han limpiado 15.304 metros cuadrados, la comunidad sigue temiéndoles a ciertas zonas.

Quien no tenga clara la utilidad de los acuerdos de paz, quien siga pensando que los principales beneficiados de la firma del fin del conflicto serán los políticos de turno y los comandantes guerrilleros, hará bien en enterarse de la seriedad con la que se está enfrentando el reto gigantesco del desminado: es en ese plan, con el que se han comprometido las Farc –que son pieza importante en esta empresa–, el Estado y las naciones amigas, donde puede adivinarse lo que le espera al país en su posconflicto y lo fundamental que será llegar a ese momento.

El fin de la guerra con las Farc tiene que ser un alivio para la gente y la tierra de Colombia. Y el desminado, que está beneficiando ya, es una necesidad vital. Porque no basta silenciar los fusiles, sino poder labrar y caminar la tierra, hacerla productiva y confiable. Sobre todo, salvar vidas de miles de personas.


ediorial@eltiempo.com

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