Editorial

Democracia viva

Sea cual sea el resultado, Colombia votará hoy en un marco de paz y entusiasmo.

17 de junio 2018 , 12:14 a.m.

Con la cita de hoy en las urnas termina una contienda presidencial llamada a no pasar inadvertida en los libros de historia de Colombia. Las transformaciones, numerosas y sensibles, que ha experimentado la sociedad en los últimos años se han visto de una u otra manera reflejadas en estos meses de intensa actividad proselitista de quienes aspiran a ocupar el solio de Bolívar.

Lo anterior en términos de la forma y del fondo. En cuanto a lo primero, aunque no se estrenaba precisamente el desarrollo del proselitismo en terrenos digitales, en esta ocasión dicha esfera fue mucho más relevante por el aumento del número de colombianos con acceso no solo a internet, sino, sobre todo, a teléfonos inteligentes. Al tiempo que el tipo de comunicación que se da por estos canales le restó terreno a la deliberación y les dio impulso a los emotivos intercambios de consignas que polarizan, también logró sembrar entusiasmo en sectores de la población que permanecían apáticos hacia la política. Son las dos caras de esta moneda.

Hay que anotar que así como el proselitismo en redes sociales no estuvo exento de los males que en este tiempo acechan a la democracia, como es el caso de las noticias falsas y, en general, los contenidos creados con el único fin de exacerbar comportamientos sectarios, frente a ello el tono del debate entre los aspirantes presidenciales se mantuvo en un marco de notable respeto. Como ya se dijo en estos renglones, con muy contadas excepciones, los candidatos dieron a sus seguidores ejemplo de cómo es posible plantear visiones del orden social, a todas luces opuestas, sin que ello deba conducir a una confrontación en el plano personal.

Y es alentador constatar que la virulencia observada en ocasiones en redes no se reproduce en el mundo real. Hay que destacar que, a diferencia de otros momentos de la historia del país, los militantes de cada una de las fuerzas han sabido –de nuevo con pocas excepciones– respetar a quienes piensan diferente. Esta tendencia a alejarse de los radicalismos ha sido oportunamente leída por Iván Duque y Gustavo Petro, quienes en las últimas tres semanas, especialmente, se han esforzado por moderar posiciones extremas y mostrarse, en buena hora, más cercanos al centro y al respeto necesario a las instituciones y a muchos de los logros que esta sociedad ya ha alcanzado y es un riesgo enorme poner en juego solo por darles gusto a los sectores más intransigentes y ruidosos de la galería.

Quien resulte vencedor tiene que ser plenamente consciente del anhelo ya demostrado en las urnas por los colombianos de una política transparente, ajena a los tentáculos de la corrupción

Respecto al fondo, parece claro que el fin del conflicto armado no solo hizo posible que se votara en un marco inédito de tranquilidad, sino que también permitió que el debate adquiriera nuevos ejes. Y tal cambio condujo a una reacomodación de las fuerzas y corrientes en el espectro político del país y, sobre todo, a la aparición con fuerza de nuevos polos.

Los resultados del pasado 27 de mayo no solo mostraron un índice histórico de participación –el mayor desde 1974–, sino que dejaron en posición incómoda las estructuras partidistas tradicionales. También dieron señales de que cada vez más, las posturas se determinan por el agotamiento de una manera de hacer política, así como por la voluntad de pasar la página de las disyuntivas propias de un país con un conflicto armado activo. Hay un deseo transversal a todas ideologías y movimientos: que las nuevas discusiones se den en el terreno de la lucha contra la corrupción y la llegada de los tentáculos del crimen organizado a la gestión pública. Es decir, de acabar con la política mediada por el clientelismo y la tristemente célebre ‘mermelada’.

Quien resulte vencedor hoy debe ser plenamente consciente de esta nueva realidad. Sea Iván Duque o Gustavo Petro, tiene la responsabilidad de leer, interpretar y dar adecuado trámite a los nuevos anhelos de los colombianos. El de la transparencia en lo público encabeza una lista en la cual también figura el tender puentes entre los extremos que hoy alimentan la polarización.

Les corresponde a los dos candidatos dejar claro, con sus palabras y acciones, que entienden que el respeto por las reglas de juego y las instituciones está muy por encima de las emociones y las pasiones propias de una instancia como la de hoy. Pese a las amenazas, que no faltan; a tendencias que deben preocupar y requieren atención, es un hecho que nuestra democracia avanza por la senda del fortalecimiento: cada vez se hace más robusta y vigorosa, y este es un logro que es necesario proteger a como dé lugar. Solo queda invitar a la ciudadanía a cumplir en tranquilidad, con fervor, el deber democrático, que es además un derecho valioso y fundamental para el futuro.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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