Editorial

De la posverdad a la ansiedad

Trump ha llevado al límite los marcos éticos y normativos de su cargo. 

24 de julio 2017 , 12:09 a.m.

De no ser el impredecible Donald J. Trump el inquilino de la Casa Blanca, hoy estaríamos hablando de que acaba de terminar el primer octavo de su cuatrienio como jefe de Estado de la principal potencia del planeta.

Pero han sido tan turbulentos estos seis meses iniciales que cada vez son menos quienes creen que el magnate terminará su periodo. Con cada nuevo hallazgo de los servicios de inteligencia de su país respecto al papel de Rusia en el proceso electoral que lo llevó al cargo, con cada nueva publicación de la prensa con revelaciones que comprometen a su círculo más íntimo en este, aumenta el número de quienes creen que tal corte de cuentas puede corresponder a una fracción mayor de su tiempo como presidente de los Estados Unidos de América.

Lo cierto –en medio de un mar de “hechos alternativos”, como su equipo ha denominado esas mentiras que se quieren hacer pasar por verdades desde la Casa Blanca– es que una paradoja marca este período inicial: en la medida en que se esperaban todo tipo de sorpresas en su estilo de gobierno, el debut del empresario no ha constituido ninguna sorpresa. Lo cual no le resta potencial para generar asombro y, sobre todo, desconcierto ante sus decisiones.

Por un lado está su estilo: uno que privilegia la lealtad a un nivel tal que riñe peligrosamente con los pilares mismos de la democracia liberal. Esto quedó demostrado en el episodio que terminó en la salida de la dirección del FBI de James Comey, quien no quiso prestarse a marchar al compás de los polémicos valores organizacionales de Trump. Una manera de hacer las cosas peligrosamenteatada a un perfil emocional caracterizado por la intemperancia y la ansiedad.

Y por el otro están los episodios que han marcado el arranque de quien ostenta los más bajos índices de popularidad de un presidente a estas alturas de su estancia en el poder (apenas el 36 por ciento de los estadounidenses aprueban su gestión). Aquí hay que mencionar su decisión de bombardear una base aérea siria, sus erráticas amenazas a Corea del Norte; el fracaso, al comienzo rotundo, luego parcial, de su veto migratorio, y su decisión de retirar a su país del Acuerdo de París.

Medio año después de la posesión del hombre de negocios, se puede decir que Estados Unidos no había vivido jamás un grado de zozobra tal. Este es fruto de tener como gobernante a una persona que día tras día demuestra desconocer o, lo que es peor, despreciar el marco ético que han compartido sus antecesores, a excepción de Richard Nixon. El mundo, a su vez, siente vértigo al ver a una potencia dar peligrosos tumbos.

Sin embargo, en medio de todo, esto ha puesto a prueba una democracia que por siglos ha sido referente. Y la buena noticia es que, con altas y bajas, ha respondido. Un caso reciente lo ejemplifica: que algunos senadores de su partido, el Republicano, hayan preferido no aprobar su reforma del sistema de salud de Obama. Decisión que habría dejado a millones de sus electores sin cobertura. En coyunturas así queda claro que la posverdad tiende a languidecer ante la contundencia de los hechos. Realidad que no puede alterar Trump, lo cual no hace sino alimentar su ansiedad.

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