Editorial

Cuidado con la cacería de brujas

La Personería Distrital abrió indagaciones contra una decena de alcaldes por distintos motivos.

02 de mayo 2017 , 03:13 a.m.

A finales de enero de este año, el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, se reunió con los mandatarios locales de la ciudad. Allí, les advirtió del riesgo que entrañaba la labor pública, particularmente en lo relacionado con el tema de la contratación. Unas semanas más tarde, los alcaldes de Teusaquillo y Mártires renunciaron alegando problemas personales, aunque el trasfondo tuvo que ver, aparentemente, con contratos mal hechos.

Y como si se tratara de una baraja de naipes, la Personería Distrital comenzó a abrir indagaciones contra una decena de alcaldes por distintos motivos, unos bien argumentados y otros que, según los afectados, obedecerían a razones más políticas que técnicas. En la mira del organismo están los alcaldes de Bosa, Santa Fe, Barrios Unidos, Usaquén, Fontibón, Teusaquillo, entre otros. Las razones son las mismas: presuntas irregularidades, con lo que los mandatarios quedan prácticamente sentenciados ante la opinión y los medios.

Esto llevó, hace una semana, a que Peñalosa pidiera la renuncia a todos ellos para tener libertad de seleccionar a un nuevo grupo de colaboradores. Episodios como estos obligan a retrasar procesos y estancar a las localidades, donde están las mayores demandas ciudadanas.

Está bien que se hagan los controles del caso, lo peligroso es que detrás de ellos se escondan rencillas políticas en época electoral en las que terminan pagando justos por pecadores. Los alcaldes no son monedita de oro, es cierto, pero también son presa fácil de presiones del Concejo, el Congreso y las JAL, y, como advertía la Veeduría, muchos cometen errores por ignorancia o por falta de equipos técnicos e idóneos dentro de sus colaboradores, lo cual es grave cuando deben manejar recursos por casi un billón de pesos al año.

El episodio ha revivido la nefasta idea de la elección popular de alcaldes locales, un remedio que en sociedades como la nuestra resulta peor que la enfermedad, pues no solo se deslegitima al gobierno central, sino que se abre peligrosamente la puerta a la anarquía y el desgobierno, en claro desmedro de la ciudad y su gente.

editorial@eltiempo.com.co

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