Editorial

Editorial: Colombianos felices

Medir la felicidad, más allá de lo banal que parece, es relevante para orientar políticas públicas.

19 de agosto 2016 , 08:20 p.m.

Aunque parece algo ligero, la medición oficial –por primera vez en el país– de los índices de bienestar subjetivo, expresados en términos de felicidad, satisfacción y preocupación, es un asunto de interés que toma relevancia a la hora de orientar políticas públicas.

Y bien lo hizo el Departamento Nacional de Planeación (DNP) (autor de la medición), porque la felicidad es un concepto complejo que ha sido estudiado desde distintas aristas, incluida la económica, justamente la que abordó el DNP.

Ángulo que, valga decir, se remonta al mismo Adam Smith, quien en 1759 ya escribía sobre los determinantes de la conducta humana y en cuyos libros la felicidad tenía gran despliegue, al punto de que algunos teóricos se aventuran a afirmar que fueron los economistas clásicos los primeros en interesarse en cuantificarla.

No en vano la medición del Índice de Desarrollo Humano surge en los 90 como respuesta a la necesidad de tener un parámetro para determinar el bienestar integral de la gente y consecuentemente, en este contexto, abren trocha las medidas de “bienestar subjetivo” que, indefectiblemente, tuvieron que combinar variables sicológicas y económicas para convertirse en las herramientas de planeación y seguimiento de programas sociales que hoy tienen aceptación general.

En tal sentido, no es por capricho que la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con su World Happiness Report, y otras entidades orienten a todos los países para que involucren la felicidad y el bienestar entre sus indicadores.

Por supuesto que cumpliendo con la orientación, el DNP realizó esta primera medición, cuyos resultados deben calificarse en ese contexto y no en otro. Es decir, desde el lente de la economía, so pena de atisbarlos con sorpresa y hasta con incredulidad.

Porque no hay que negar que saber, al tenor del estudio, que Colombia tiene un índice de felicidad de 8,2 (sobre 10) produce desde descalificaciones de la cifra hasta comentarios irónicos a todo nivel. Pero, al contrastarla con la llamada paradoja de Easterlin, que dice que los incrementos en la renta de los individuos o de los países no se traducen en mayor felicidad y que esta depende de valores subjetivos, este índice toma un poco más de sentido.

Sin embargo, toda la teorización no impide que revisen con curiosidad otros hallazgos. Por ejemplo, que los hombres son un poco más felices que las mujeres y que ellas se deprimen y se preocupan más, o que en Medellín están las personas más felices del país y que el índice mejora si se tiene pareja, empleo y casa propia. Datos con los que el mismo DNP se atrevió a describir el perfil del colombiano feliz, lo que no tardó en generar comentarios de toda clase.

En conclusión, el país ya cuenta con números propios de felicidad que servirán, sin duda, para compararlos con otros escalafones menos rigurosos. Hay que tener en cuenta que la metodología científica y exacta para cualificar algo tan subjetivo y personal como el bienestar aún no se ha inventado. Pero con estos datos los economistas hacedores de políticas ya tienen una pista para trabajar; y el resto de colombianos, algo de qué hablar. Eso hay que reconocerlo.editorial@eltiempo.com

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