Editorial

¡Así no, PPK!

La decisión del presidente del Perú de indultar a Fujimori desató la protesta ciudadana.

25 de diciembre 2017 , 11:14 p.m.

Desde el jueves pasado se sospechaba que la moneda de cambio que hizo que 10 congresistas fujimoristas se abstuvieran de votar la moción de vacancia contra el presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski (PPK) –y que permitió que este se quedara en el poder–, había sido la promesa de indultar a Alberto Fujimori, el viejo dictador condenado a 25 años de prisión por delitos de lesa humanidad, que consumía sus días encerrado en una cárcel de lujo y luchando contra un cáncer de lengua, entre otros males propios de sus 79 años.

Por eso, cuando en Nochebuena la presidencia de Perú anunció que por “motivos humanitarios” indultaba al expresidente, se confirmó la sospecha y ya los antifujimoristas tenían reprimida la rabia que los llevó a salir masivamente a las calles a protestar contra la medida, que consideran una triple traición.

La primera es que a PPK se le olvidó que fue el antifujimorismo el que logró que él derrotara por apenas 40.000 votos a Keiko, la hija del expresidente (1990-2000), en las pasadas elecciones.

La segunda, porque la decisión de varios congresistas de izquierda de abandonar el hemiciclo en el momento de la votación de la destitución también favoreció que PPK saliera avante del recurso, al entender que si caía el mandatario y con la anunciada renuncia de sus vicepresidentes el poder terminaría recayendo por descarte en el titular del Congreso, el fujimorista Luis Galarreta.

Y, finalmente, traicionó a los pocos ministros que se mantuvieron a su lado y a los miembros de su exigua bancada en el Congreso, y que soportaron las presiones para que dimitiera, pues les había prometido que el indulto no se iba a dar, ni mucho menos que se trataría el tema en las fiestas de fin de año (porque hubo una petición formal de Fujimori).

Por supuesto, desde el bando de la presidencia se justifica la decisión en un afán de reconciliación nacional, en que los peruanos no pueden seguir en esa dolorosa polarización.

Pero, en suma, amplios sectores de la sociedad peruana están viendo lo sucedido como una gran mentira y una desestabilizadora componenda para dejar atrás las dolorosas verdades de la corrupción de Odebrecht, que tiene a un presidente en la cárcel (Ollanta Humala), a otro fugitivo (Alejandro Toledo), a otro respondiendo (Alan García) y a otro apenas superando inesperadamente un debate de destitución, con una aprobación bajísima (no pasa de 18 por ciento) y dejando a un país más polarizado que nunca. A lo que se suma que Keiko también es mencionada en el escándalo de la constructora brasileña por financiamiento ilegal de campaña.

¿Con qué cara Kuczynski va a mirar a los ojos a las víctimas de la década de Fujimori, que si bien acabó con el terrorismo de Sendero Luminoso y el Túpac Amaru, lo hizo a un altísimo costo en vidas y en derechos humanos?

Resulta curioso cómo un presidente tan bien ponderado como estadista y como economista de talla mundial se permite darse este tiro en el pie. Muchos creen hoy que si la libertad de Fujimori era el precio por pagar, quizás habría sido mejor que hubiese permitido ese jueves que el Congreso lo destituyera. Y es que la dignidad del Presidente se puso en la vitrina del canje.

editorial@eltiempo.com

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