Editorial

Adiós a Ernesto Franco

El talento, gracia y bondad del caricaturista serán recordados de aquí en adelante por sus lectores.

19 de julio 2017 , 12:00 a.m.

En la página de las tiras cómicas de EL TIEMPO, justo arriba del crucigrama, encontrará usted hoy, como lo ha hecho siempre, el jeroglífico tradicional que se inventaba el gran dibujante Ernesto Franco. Será más triste todavía enterarse, entonces, de que Franco ha muerto a los 88 años no obstante sus enormes ganas de vivir, su sentido del humor inagotable, su disciplina inigualable a la hora de llevar a cabo su trabajo, su pulso ileso. Será evidente, en el trazo de siempre, en el estilo inconfundible de las caricaturas, que el autor del enigma de cada día fue también el creador de un entrañable personaje de estas páginas: el gamín bogotano Copetín. Y en ese momento empezará a comprenderse el tamaño de la pérdida.

Ernesto Franco seguía siendo, a pesar de la edad y de la enfermedad, a pesar de las nuevas modas y las nuevas tecnologías, una figura de esta redacción. Hace unas semanas nomás, el editor de Cultura, Julio César Guzmán, escribió un completo perfil del caricaturista que recrea su paso por los diferentes oficios que ensayó en su juventud y recuerda que Copetín apareció por primera vez en abril de 1962, bajo las siguientes palabras: “Posiblemente Copetín, aventuras de un típico ‘gamincito’ bogotano, sea la primera historieta gráfica que aparece en un diario del país, dibujada por un artista colombiano”.

Sensible pérdida

'Sensible pérdida'. Imagen del caricaturista Mil, publicada este 18 de julio, en memoria de Ernesto Franco.

Foto:

Mil

Eran los tiempos de oro de las caricaturas: los tiempos de Educando a papá, Benitín y Eneas, La pequeña Lulú, Tarzán, Dick Tracy. Pero la tira cómica de Franco, una sátira de los cachacos bogotanos por la que le pagaban diez pesos por día, empezó a ser publicada en el lugar más destacado de la página.

Medio siglo después habría que decir que Ernesto Franco, que nació en Duitama en 1928 pero creció en la vieja Bogotá, fue un artista reconocido en vida. Y que su talento y su gracia y su bondad serán recordados de aquí en adelante por sus lectores, sus familiares y sus conocidos. Pero cabe esperar también que el personaje que creó siga viviendo y contando la historia –y la divertida lengua llena de giros y de pequeñas bromas– de una sociedad habituada a sus desigualdades.

- editorial@eltiempo.com

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