Editorial

60 años de la caída de Rojas

Esto constituyó un nuevo comienzo dentro de la concordia y el restablecimiento de la democracia.

09 de mayo 2017 , 11:16 p.m.

El 10 de mayo de 1957 se produjo uno de los episodios más recordados y definitorios de la historia reciente de nuestro país: la caída del régimen dictatorial del general Gustavo Rojas Pinilla. Fue ese el punto de llegada de un largo y complejo proceso de confrontación política en Colombia, y el resultado del deterioro social, institucional y moral de un gobierno que había surgido como remedio y terminó siendo peor que la enfermedad.

En realidad, esa tendría que ser la perspectiva histórica con la que debe analizarse y juzgarse hoy el gobierno de Rojas Pinilla: no como un hecho aislado y transitorio, sino como un episodio crucial, casi como un punto de quiebre e inflexión, de ese relato de nuestro pasado llamado ‘la Violencia’, que no es otra cosa que la guerra civil no declarada, durante décadas, entre los dos partidos históricos de Colombia: el Partido Liberal y el Partido Conservador.

Ese fue el contexto, de hecho, en el que Rojas Pinilla asumió el mando el 13 de junio de 1953: un país desangrado y casi sin instituciones, arrasado por el sectarismo (de lado y lado), carcomido por la violencia y la intolerancia. Por eso, tantos se apresuraron a celebrar la llegada de un régimen que en ese momento parecía un bálsamo, el punto final al horror de décadas. Como si el golpe de Estado, según lo dijo un protagonista de la época, hubiera sido más un golpe de opinión para salir del caos.

Por eso se caen las dictaduras, y la de Rojas no fue la excepción: porque no hay gobierno de fuerza que resista la inconformidad, el desespero y la desesperanza del pueblo

La historia enseña, sin embargo, que ese tipo de soluciones de fuerza están siempre sometidas a una lógica voraz y decadente de la que no se pueden escapar. No importa qué tan popular sea cuando empieza –y el de Rojas lo era, muchísimo–, todo régimen que no nazca de la legitimidad democrática está condenado no solo al fracaso, sino también a escalar los métodos de la represión y la censura para mantenerse. Una vez dueño del poder, el gobernante militar fue incapaz de ofrecer soluciones a los problemas del país y de interpretar las aspiraciones de libertad de una nación agobiada por años de violencia. Y enfrentado a la crítica, con un talante autoritario optó por perseguir a la prensa hasta el punto de decretar el cierre de los principales medios, incluyendo este diario.

Siguió, así, el camino de toda dictadura, que termina suprimiendo la opinión, las manifestaciones de protesta, los cauces naturales de la vida en sociedad. Ese proyecto se vuelve entonces la justificación de no pocos horrores, ante la negación sistemática, por parte de quienes ejercen el poder, de la realidad. Casi como si hubiera dos verdades simultáneas: la del relato oficial y la que padece la gente en la calle, cada vez más difícil y traumática.

Por eso se caen las dictaduras, y la de Rojas no fue la excepción: porque no hay gobierno de fuerza que resista la inconformidad, el desespero y la desesperanza del pueblo. En el caso colombiano, eso fue lo que pasó: la solución transitoria resultó ser una perpetuación de ‘la Violencia’; el remedio fue peor que los males que debía curar.

Y en medio de ese panorama de nepotismo, corrupción y desinstitucionalización, surgió el acuerdo de paz del Frente Nacional. Por eso, la caída de Rojas fue no solo un punto de llegada sino también un punto de partida. Un nuevo comienzo dentro de la concordia y el restablecimiento de la democracia.

editorial@eltiempo.com.co
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