Opinión

Tantas formas de adoptar

Sin importar el método del que surja un hijo desencadena una revolución existencial.

08 de mayo 2017 , 03:14 a.m.

Hace unos años, en Colombia, muchas personas tuvimos en las manos una caja de leche larga vida con la foto de un niño que estaba a punto de ingresar al proceso de adopción del ICBF y que nos miraba con ojos suplicantes. Las caras de esos niños pasaron por las registradoras de los supermercados, fueron a dar a las neveras de las casas y terminaron luego en la basura. Pero, de vez en cuando, alguien –una mujer, un hombre, una pareja– se abrazó a una de esas cajas y sintió que uno de esos niños de la foto podría llegar a ser su hijo.

Quizás es un rapto de generosidad, como un relámpago, el que está en el fondo del deseo de tener un hijo. Y si digo tener, no solo adoptar, es porque creo que hay más similitudes que diferencias en esa decisión de asumir el cuidado –el peso y la levedad, la enfermedad y la salud, la alegría y la tristeza, y tantas dudas y tantas cosas más– de un ser humano que tardará muchísimos años en hacerse adulto y andar solo. El torrente de emociones que desencadena ver un expediente de adopción no debe ser diferente, en esencia, al que suscita leer la palabra “positivo” en una prueba de embarazo o conocer a un renacuajo humano en una ecografía.

Sin importar el método del que surja –y cada vez la ciencia y el deseo inventan nuevos métodos–, un hijo desencadena una revolución existencial. No hay teorías ni experiencia que funcionen frente a ese perfecto desconocido al que hay que aceptar con esa contundencia que ya “es” desde el primer momento en que nos mira.

De cierta forma, e independientemente de que tenga un aire de familia, a un hijo hay que adoptarlo: hay que hacerle un lugar no solo en el mundo de lo físico, sino en el mundo del sentido. Y al darle lengua, nombre y apellidos, le asignamos un lugar en esa convención que hemos construido los humanos para criar a los recién llegados de la especie: en ese mito fundacional de sociedad que llamamos “la familia”.

Aunque ahora nos parezca que siempre fue así, la facultad de optar por la maternidad es una conquista muy reciente que le debemos a la ciencia y que ha transformado nuestras identidades, nuestros proyectos de vida y, por supuesto, los paradigmas de género y familias (todo en plural intencional).

Pertenecemos a las primeras generaciones que pudimos tomar la decisión de tener o no tener hijos, y de elegir, en lo posible, el número y la época propicia. Esa facultad que no tuvieron nuestras abuelas, e incluso nuestras madres y amigas mayores, rompió la antigua alianza entre sexo y procreación y, como suele suceder con cada avance, nos enfrentó a nuevos dilemas.

La invención de la píldora y de los procedimientos de fertilidad han transformado nuestra manera de encarar la reproducción y el cuidado de la especie, y ya no hay vuelta atrás. Tener un hijo dejó de ser un evento impredecible para convertirse en una compleja decisión que no se delega solamente en lo que natura provea, y en ese contexto se piensa hoy la adopción. Y así como los procedimientos médicos intentan resolver las inmensas contingencias de la diversidad humana, la sociedad ha creado nuevos marcos legales para abrir el abanico de posibilidades, de relaciones, de estilos y de tiempos relacionados con la decisión de criar hijos.

Hacerse cargo de una vida que comienza es una decisión altruista y no exenta de ambivalencias, que se ubica en el ámbito de la libertad. Y así como el Estado protege a una mujer embarazada, independientemente de la historia de su gestación y de sus elecciones personales, debe proteger a una persona, a cualquier persona idónea, que decida criar un hijo. ¿En qué mente cabe quitarle protección por el hecho de estar sola, en vez de brindarle aun más acompañamiento y garantías?

YOLANDA REYES

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