Opinión

Movimiento de maestros

Solo quien ha sido maestro puede entender ese cansancio que hace doler hasta el pelo.

22 de mayo 2017 , 03:28 a.m.

Desde una fila interminable en la entrada de Colpensiones, vi desfilar a los maestros. “Irrisorio el aumento salarial de un 0,15 % (2.000 pesos al mes)”, decía una cartelera con letras de colores, y un grupo que parecía venir de un colegio lejano sostenía una tela con esta frase: “Aunque todo subió el 19 %, estamos trabajando SIN aumento”.

Una pancarta hablaba de “la salud del docente y sus familias”; otra, de los “refrigerios de hambre de los niños” y así siguieron pasando consignas sobre jornada única, hacinamiento, inequidad, infraestructura escasa, imposibilidad de ser simultáneamente “pilo” y desplazado, privatización de lo público y más frases que tenían como denominador común la paradoja de ese eslogan de “Colombia, el país más educado”, contrastada con la deuda –y no solo la actual ni solo la económica– de este país con sus maestros.

Andaban en grupos por la séptima: mujeres y hombres de todas las edades, aspectos y estaturas, algunos callados y otros conversando, bromeando, saludándose y, de vez en cuando, coreando una consigna. Iban vestidos con esa sencillez propia de un gremio que lucha con la tiza, las manchas de tinta, los abrazos, las lágrimas y las manos a veces no tan limpias de los niños, y era evidente que no estaban reclamándole al Estado sueldos millonarios.

Unas maestras mayores se habían quedado rezagadas, pero no solo por la caminata bajo el sol sino, quizás, por tantos años de estar de pie derrochando energía para lograr la atención de sus alumnos. Y se me ocurrió que solo quien ha sido maestro puede entender ese cansancio que hace doler hasta el pelo, después de pasar una jornada completa, o a veces dos jornadas al día, durante más de treinta años, entre clases y recreos.

Mirándolos pasar, volví a ver las caras de indulgencia de algunas personas, hace ya tanto tiempo, cuando dije que iba a estudiar educación, y volvieron sus preguntas: ‘¿Por qué no elegir una carrera más rentable?’. Y recordé también la frase de cajón que seguía, como un destino: ‘¡Te vas a morir de hambre!’, y pensé en las generaciones de maestros de mi casa y en mis amigos, y en los maestros que he formado y en sus historias de vida, y especialmente en los maestros de colegios oficiales que han acompañado a tantos niños de este país a enfrentar situaciones adversas de guerra y de pobreza.

Si bien ninguno escogió esta profesión pensando en ‘hacer plata’, eso no significa que un maestro esté condenado a sobrevivir, simplemente. Aunque se siga repitiendo que es un héroe o un apóstol, y su labor se asocie con la idea de sacrificio –y muchos sí son héroes–, un maestro merece un buen salario y vacaciones. Y debe cuidar su salud mejor que nadie, porque los niños, y más aun en grupo, tienen mayor propensión a los contagios. Y necesita tiempo libre no solo para pensar en sus estudiantes y revisar sus trabajos y ver las formas como avanzan y acompañarlos a resolver sus problemas, dentro y fuera de la escuela, sino para leer, hacer deporte, ir a cine, al museo o a un restaurante, y eso por no hablar de un tiempo descansado –no como un trapo– para estar con su familia.

Es un contrasentido pensar en mejorar la educación sin reconocer la posibilidad de ganarse la vida, en el sentido pleno de la palabra, con el oficio de maestro. Aunque parece cómodo decir que la responsabilidad de dejar sin clase a los alumnos es exclusiva de ellos, eso impide pensar en la complejidad política (sí, política, porque la educación es siempre una apuesta por la ‘polis’) del movimiento de maestros. ¿Qué piden y por qué protestan los maestros? ¿Usted, que lee estas líneas gracias a lo que le enseñaron muchos de ellos, se lo ha preguntado, antes de acusarlos por no estar hoy en sus clases?

YOLANDA REYES

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