Opinión

Educación política

El problema no son las diferencias sino el hecho de no haber aprendido a reconocerlas.

12 de febrero 2018 , 12:46 a.m.

Seguramente, como a muchos de ustedes, me aterra ver a esos ciudadanos vociferantes que les gritan a los candidatos asociados con la izquierda (no solo a los del partido de la Farc), “asesinos y bandidos”. Ver a una mujer como Aída Avella, de la Unión Patriótica, arrinconada entre una gavilla que corea consignas como “ratas asesinas de la paz; fuera, guerrillos”, me produce una mezcla de vergüenza y desesperanza y, también, debo decirlo, una miedosa regresión a los tiempos electorales de fines del siglo XX, signados por el asesinato de líderes políticos.

¿Cuántas generaciones, cuántos duelos no resueltos y qué influencias conscientes e inconscientes hablan por la boca de esa multitud vociferante? Suponiendo, como se ha dicho, que se trate de voces manipuladas por un partido político y por un líder que se expresa como un ventrílocuo, por medio de esos ciudadanos, ¿cómo se explica esa predisposición a fundirse en una masa que no escucha ni debate argumentos, sino que reacciona a emociones primarias de venganza?

Me parece importante pensar en el fenómeno de una manera menos coyuntural para mirarlo en clave de educación: en clave de futuro. Más allá de ganar las elecciones con un candidato o un partido cercano a nuestras ideas, ¿qué estamos ganando o perdiendo todos los colombianos y qué tiene que ver nuestro comportamiento político actual con nuestra herencia, con nuestros desafíos como nación y, especialmente, con los ciudadanos que hoy aprenden de nosotros?

Se ha dicho reiteradamente, y se ha visto como un riesgo, que el problema de estas elecciones es la polarización, es decir, las diferencias –al parecer, irreconciliables– en nuestras ideas políticas de sociedad y de país, pero permítanme discrepar de ese diagnóstico. A mi modo de ver, el problema no son las diferencias, así sean irreconciliables, sino el hecho de no haber aprendido a reconocerlas, a albergarlas y a tramitarlas –incluso a celebrarlas– como parte inherente de la diversidad humana y de la práctica política.

Quizás esta incomodidad tiene raíces en un sistema supuesta y falsamente democrático que, a pesar de manejar formatos propios de la democracia, ha estado representado por una minoría que pretendía ser “todos los ciudadanos”. Y ahora, cuando llegan al sistema electoral colectividades tradicionalmente excluidas (no solo me refiero a los grupos armados que estuvieron “en el monte”, sino también a muchos ciudadanos que antes no fueron tenidos en cuenta y que hoy defienden ideas diversas de género, de familia y de sociedad), el linchamiento es la reacción instintiva.

Nuestra precaria educación política, más empírica que teórica, se formó –si cabe esa palabra– en la violencia y en la lucha, no contra adversarios, sino contra enemigos. Ese pasado, aún vivo, nos dio un vocabulario, una sintaxis, una forma de relacionarnos y una tradición de comportamiento político que, a menos que los reconozcamos como problemas colectivos, serán también (están siendo ya) nuestro futuro. Tantas heridas y tanto dolor se han enquistado en una saga de prejuicios que nos siguen enseñando más prejuicios, y no hay otra manera de atravesar por estos tiempos que la de habitar este presente conflictivo e identificar –para desaprender– esos mecanismos que se disparan en nosotros, especialmente en tiempos de elecciones.

Todos los candidatos y los electores –de centro, de izquierda o de derecha– tenemos un papel en esta transición. Aunque es un logro indispensable, no basta con dejar de matarnos si no podemos sentirnos cómodos en medio de la diversidad y de las discrepancias y si no aprendemos a nombrarlas. Eso es algo que se enseña y que se aprende como se aprende a conversar: participando y viendo ejemplos.

YOLANDA REYES

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