Opinión

Cuellos blancos

Esto es lo que tenemos: una cultura mafiosa en la que todo se puede comprar y vender.

25 de septiembre 2017 , 01:07 a.m.

“Reconocemos nuestra responsabilidad académica, ética y política en la formación de los y las abogadas y extendemos nuestro compromiso en la reconstrucción de una justicia digna, accesible y transparente en Colombia”, dice una carta firmada por veinte decanos de facultades de Derecho del país, y sale la foto de la reunión en la Universidad del Rosario: todos con sus trajes formales, quizás muchos aterrados con los hechos de corrupción que se destapan por entregas.

La carta tendría que haber sido titular de primera plana en todos los medios del país y motivo de un debate nacional –político, ético y pedagógico–. Sin embargo, es tanto lo que se ha destapado y tanto lo que falta por saberse que nuestra adrenalina exige, y podría decirse que necesita, más escándalos. Las coimas contabilizadas en millones de dólares que no nos caben en la cabeza, los contratos ficticios, el tráfico de influencias, el uso de la información privilegiada para los propios negocios y el cobro por “servicios” judiciales en el que está implicado hasta el expresidente de la Corte Suprema de Justicia nos han puesto muy alta la vara. ¿Cómo nos va a importar una carta de decanos frente a esa novela por entregas que nos ha sacado callo en la moral?

Los decanos señalan la urgencia de “la implementación de propuestas que conduzcan a fortalecer la formación ética de nuestros estudiantes y al desarrollo sólido de competencias ciudadanas...” –qué bien que alguien haya vuelto a mencionar las olvidadas competencias ciudadanas del Ministerio de Educación–, y su carta es un fino detalle de autocrítica que se agradece, pues son abogados “de alto nivel”, en su mayoría, los protagonistas de los hechos. Esos que se hacen llamar “doctores” en nuestra lengua vernácula y servil han configurado una etiqueta de cuellos blancos que se puede identificar y padecer, especialmente en Bogotá, y que es la tras escena del escándalo.

Los reservados de los hoteles, clubes y restaurantes –paradójicamente repletos e impagables– de las zonas X o Y eran sus guaridas. Allá se daban (se dan) cita con sus maletines repletos de dólares, sus escoltas y sus camionetas blindadas, siempre atravesadas en nuestras calles rotas con P de Prohibido. Tramaban sus negocios en cenas, cafés, ‘happy hours’, ‘duty frees’ y salas VIP, y muchos de ellos, y de los que faltan por caer, ojalá prontamente denunciados por sus antiguos subalternos, estudiaron en esas universidades que hoy censuran, aunque no tan contundentemente como lo exigen las circunstancias, sus prácticas corruptas. ¿Qué porcentaje de esas prácticas son los currículos ocultos ligados al éxito profesional?

En ese punto cabe preguntarse por qué ha suscitado tan poco análisis y tan tibia reacción la relación de esos “doctores” con nuestra vida ciudadana. Para llevar más lejos y compartir la preocupación de los decanos, ¿cuáles son los vasos comunicantes entre la corrupción y una sociedad que ha engendrado, adulado, protegido y convertido en modelo de éxito las prácticas de esos personajes? ¿De qué formas, directas o indirectas, viven esta sociedad y todos sus poderes –ojo, no solo el judicial– de sus ilegalidades y sus coimas?

Esa ética que se forma en las aulas y en las casas, muchos años antes de la universidad, y que equipara la educación con el poder y el dinero (y no es casualidad que así se llamen las revistas en las que salen los puntajes de “los mejores” colegios y universidades) ha reemplazado las competencias ciudadanas por competencias de promedios que pregonan mensajes tan dicientes como ‘ser pilo paga’. Esto es lo que tenemos: una cultura mafiosa en la que todo se puede comprar y vender. En semejante contexto, ¿por qué no habría de pagarse la justicia?

YOLANDA REYES

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