Opinión

Un niño y tres familias

Siquiera se murieron ya mis tías, pues, de lo contrario, Viviane Morales, con su referendo cavernario, excluyente y malévolo, las habría matado de indignación.

20 de septiembre 2016 , 06:43 p.m.

En medio de esta cruzada que Viviane Morales ha emprendido en contra de la posibilidad de que algunos niños sean acogidos en familias diferentes –aquellas que no están conformadas por un papá y una mamá, con sus respectivos vástagos–, quiero compartir con ella, a título informativo, esta historia, similar a la de muchos hogares de este país.

Hace años había en Bogotá un niño de pocos meses, cuyos padres estaban en proceso de separación. La mamá –presa de la desesperación y de la impotencia al no poder sostenerlo a él ni a sus otros tres hermanos– decidió repartirlos entre familiares y conocidos. Los dos mayores, una niña y un niño, fueron adoptados por las tías de su exmarido; el tercero se quedó con ella y el menor –el protagonista de este relato– fue a parar a la casa de sus futuros padrinos, entrados en años, amigos de la familia de la atribulada mamá, y que además vivían en una ciudad distante.

En aquel hogar, integrado por un hombre y una mujer ya maduros, con hijos y nietos, el muchachito, que todavía ni caminaba, quedó en un limbo. Como los hijos del matrimonio eran mucho mayores, sus días transcurrían junto a los más pequeños, los nietos del padrino, quienes con frecuencia le enrostraban que no era de la familia y lo hacían sentir como un arrimado. El paso del tiempo solo empeoraba las cosas y la vida del niño se volvió miserable. Su madre lo visitaba muy esporádicamente y a su papá lo conoció mucho después.

En los once años que vivió en aquel hogar tradicional –de esos que le gustan a la senadora Viviane Morales– el jovencito fue víctima de toda clase de abusos: físicos, psicológicos y emocionales; circunstancias que, sin embargo, no lograron quebrar su ánimo ni apagar la picardía de su mirada gatuna.

Poco antes de que el niño cumpliera doce años, la madre decidió recuperarlo y llevárselo a vivir con ella; no sin antes contarle que había rehecho su vida y formado una nueva familia. Pese a la sorpresa y el impacto de la noticia, el jovencito aceptó con resignación su suerte y accedió a irse a vivir con sus nuevos hermanos y su padrastro, un reputado profesor universitario. Para los efectos de la doctora Morales, llegó al seno de otra familia óptima.

No obstante, en esta nueva casa, el muchacho tampoco se adaptó muy bien, por lo cual recibía severos castigos físicos de su madre y no pocas reprimendas verbales de su padrastro. La situación se deterioró a tal punto que en menos de un año la mamá decidió desprenderse de nuevo del muchacho, “antes de que acabara con la familia”.

Por fortuna, las tías abuelas –las mismas que se habían quedado con sus dos hermanos mayores– aceptaron al inquieto adolescente, que por tercera vez cambiaba de familia. De vuelta en la ciudad donde nació, en aquel hogar atípico, donde nunca hubo una figura paterna, el niño prácticamente volvió a nacer. El cariño y el esmero de sus tías chapinerunas, más el reencuentro con sus dos hermanos mayores, recompusieron su destino. La vida le sonreía de nuevo a aquel jovencito, que con el tiempo se convirtió en una reconocida figura del periodismo.

Ese muchachito, doctora Viviane Morales, soy yo. Y si en mi caso se hubiera aplicado la lógica infame que usted está promoviendo, mi vida sería un desastre; pues en esos dos hogares tradicionales, como los que usted tanto defiende, fue donde peor viví. En cambio, con mi tía Cristina, soltera y sin ningún hombre al lado –y gracias a su trabajo y dedicación–, mis hermanos y yo tuvimos una linda familia, llena de amor y calidez, en la cual recibimos además una excelente formación.

Siquiera se murieron ya mis tías, honorable senadora, pues, de lo contrario, usted, con su referendo cavernario, excluyente y malévolo, las habría matado de indignación.@Vladdo

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