Opinión

Nuestro populista

A los ‘ciudadanos preocupados’ les fascinan los populistas de derecha. Y si son autoritarios, mejor.

26 de abril 2017 , 11:11 a.m.

No dejan de causarme gracia algunos ‘ciudadanos preocupados’ que en esta precoz campaña política temen que tras las elecciones de 2018 el país quede en manos de un Donald Trump a la colombiana.

Desde luego, en esta incipiente carrera por la presidencia esos ilustres ciudadanos hablan del populismo como carnada, para pescar simpatías entre votantes incautos o desesperados. Y razón no les falta: en este torbellino de desconfianza en la clase dirigente, gracias sobre todo a los continuos escándalos de corrupción –que ya no respetan ideologías ni fronteras–, es innegable que muchos quieren barajar de nuevo y estarían dispuestos a darle su respaldo a un candidato distante de ‘los mismos de siempre’ y que se venda como antídoto a la clase política tradicional, que es la que nos condujo a la crisis actual.

En teoría, esos ciudadanos preocupados también le temen a la exacerbación del nacionalismo como bandera electoral, al mejor estilo de Trump, quien solía decir: “America First”. Sin embargo, cuando la angustia se apodera de Venezuela y la situación política y social se perturba más y más, resulta bastante sencillo poner a ese país como reflejo de lo que no queremos ser; exhibirlo como ‘el coco’. Aunque los factores que condujeron al vecino a semejante situación no tengan relación con nuestras circunstancias económicas, políticas ni sociales, la consigna contra el castrochavismo está ahora en su apogeo y es más fácil de vender que nunca.

Colombia tuvo un populista en la presidencia mucho antes que Estados Unidos y a nadie le importó.

Y como hoy en día la percepción es más importante que la realidad, a la hora de vender humo es muy fácil inflar la crisis de credibilidad de los medios, postrados en el desprestigio con la ayuda de las firmas encuestadoras. Y para un ‘loco’ como el magnate neoyorquino a falta de periódicos o canales de televisión amistosos, Twitter viene como anillo al dedo; es un vehículo ideal para tratar de disimular su incompetencia o sus contradicciones.

Si a lo anterior sumamos una sociedad dividida –un país partido en dos, en el cual hasta las familias están fraccionadas por culpa de la política–, el escenario está casi listo para que un populista de marca mayor haga su ingreso triunfal y emerja como el gran salvador.

Y es aquí donde deberíamos detenernos a pensar un poco, no porque estemos en riesgo de llegar a una situación así, ¡sino de repetirla! Porque ya tuvimos nuestro propio ‘loco’ en el poder; un presidente que bombardeó a un vecino y que se lamenta de que no le alcanzó el tiempo para invadir a otro. Sí, el mismo que desprestigiaba a los medios y a la prensa, acusándolos de complicidad con la guerrilla. Sí, un mandatario cuyos hijos aprovechaban su proximidad al poder para perfeccionar sus negocios. Aquel que, como cualquier Trump, nombraba en cargos clave de su administración a amigos de cuatro en conducta. Ese, que ponía al terrorismo como enemigo para aglutinar apoyos y fortalecer su popularidad. El que hablaba en tono coloquial, al mismo tiempo que se echaba al bolsillo a los grandes empresarios.

En resumen, Colombia tuvo un populista en la presidencia, mucho antes que Estados Unidos, y a nadie le importó. A esos ciudadanos preocupados los tenía sin cuidado que nuestro populista reinara en la Rama Ejecutiva, mandara en la Legislativa y mangoneara en la Judicial; porque la institucionalidad comenzaba y terminaba en él.

No nos digamos mentiras: el problema no es “todo lo que tiene que ver con el populismo en sí, propiamente dicho”; lo que les preocupa a dichos ciudadanos es que sea un populista de izquierda, porque los de derecha, como Trump, Uribe, Ordóñez o Vargas Lleras, les fascinan. Y mientras más autoritarios, mejor.

Ya oiremos a esos ciudadanos preocupados diciendo, al igual que ciertos gringos: “Sí, es un populista; pero es nuestro populista”.

VLADDO

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