Opinión

Ni cambiaron ni los cambiamos

El problema no son las instituciones ni las normas, por complejas que sean; son las personas.

23 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

¿Cuántas veces habrá tocado fondo este país? ¿Cuántas veces nos hemos cogido la cabeza a dos manos al conocer las noticias de corrupción? ¿Cuántas veces hemos soltado frases como: “esto se lo llevó el diablo”, “hasta aquí llegamos” o “ahora sí; apague y vámonos”...? Sin embargo, al final las cosas se enfrían, los reflectores de los medios se apagan y todo vuelve a la ‘normalidad’ hasta que otro desfalco, otro prevaricato, nos haga indignar de nuevo.

Lo más triste –o vergonzoso, mejor– es que los escándalos no duran nada, porque cada caso es opacado por otro más grave; el nombre de un implicado es eclipsado por el de otro más encopetado y así sucesivamente.

Lo que está pasando con Odebrecht ya lo (vi)vimos con Cajanal, con Invercolsa, con Corfipacífico, con el proceso 8.000, con Foncolpuertos, con Dragacol, con Agro Ingreso Seguro, con el DAS, con la ‘parapolítica’, con las notarías, con el carrusel de la contratación, con Interbolsa, con Saludcoop, con Reficar, entre un número incontable de ejemplos que en su momento llevaron a muchos a rasgarse las vestiduras, con un coro de fondo donde unos cantaban: “¡Que me investiguen!”, mientras otros entonaban la conocida letanía: “Llegaremos hasta las últimas consecuencias”.

Como es obvio, cada fraude, cada robo, cada soborno vienen acompañados de las lágrimas de cocodrilo de los políticos que anuncian frentes comunes contra la corrupción, erradicación de las malas costumbres y otra serie de buenas intenciones que de antemano saben que no van a cumplir, pero que suenan bonito para la galería.

Seguimos eligiendo a
los mismos de siempre; a veces con distinta cara, pero con las mismas mañas, las mismas zancadillas a la ley y las mismas faltas a la ética

Incluso, otros van más allá y, como buenos fariseos, se lapidan en público y se dan golpes de pecho en primera fila para que todo el mundo los vea, tal y como lo hizo el 7 de agosto de 1998, en la posesión presidencial de Andrés Pastrana, el flamante presidente del Congreso, Fabio Valencia Cossio, quien se fajó un discurso en el cual acuñó una frase histórica. “O cambiamos o nos cambian”, dijo sin sonrojarse, pero a sabiendas de que no iba a pasar ni lo uno ni lo otro. Como era previsible, la frase quedó como un llamativo titular de prensa y pare de contar: ni ellos cambiaron ni nosotros los cambiamos. En elecciones nacionales, regionales y locales seguimos eligiendo a los mismos de siempre; a veces con distinta cara, pero con las mismas mañas, las mismas zancadillas a la ley, las mismas faltas a la ética y la misma falta de compromiso con la transparencia.

Desde ese célebre discurso ya han pasado casi veinte años, un rosario de denuncias, una infinidad de investigaciones, ríos de tinta en la prensa, un montón de juicios, algunas condenas y no pocas absoluciones, al final de lo cual regresamos al punto de partida, y nos estrellamos de frente con la crisis de la Corte Suprema de Justicia, tras lo cual tenemos que volver a cogernos la cabeza. Esto se lo llevó el diablo.

“¿Y entonces, qué hacemos?”, me preguntaba el lunes un amigo. “¿Será que se necesita una constituyente?”. Desde luego, no tengo una respuesta, pero, por si acaso, prefiero no hacerme muchas ilusiones. ¿Cuántas leyes, decretos, reglamentos y estatutos anticorrupción se han expedido en los últimos años? ¿Y para qué han servido? Ni siquiera una nueva constitución, como la del 91, fue suficiente para neutralizar el poder corruptor del dinero ni para resistir la tentación del enriquecimiento ilícito.

¡Pellizquémonos! El problema no son las instituciones ni las normas, por complejas que sean. En este país, donde lo mejor es la gente, lo peor también es la gente; y no me cansaré de repetirlo. Y mientras nuestra mentalidad no cambie y la trampa siga siendo vista como astucia; la plata fácil, como símbolo de estatus; y los corruptos, como gente exitosa, seguiremos en la inmunda.

VLADDO

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