Opinión

Del Nobel al novel

Duque debe saber que un enfrentamiento con su benefactor sería como un suicidio.

02 de mayo 2018 , 12:07 a.m.

En el hipotético caso de que las encuestas acierten e Iván Duque gane la presidencia, no hay muchos motivos para creer que este novel político sea capaz de rebelarse contra Álvaro Uribe, su protector y promotor. Quienes suponen que con este joven puede repetirse la historia que protagonizó Juan Manuel Santos están dejando de lado profundas diferencias de origen, estilo y temperamento, a las cuales hay que sumar el factor de la supervivencia política.

Para empezar, el dócil temperamento del candidato del Centro Democrático se refleja en una influencia del exmandatario que lo ha llevado a impostar cada vez más la voz en sus discursos y entrevistas. Y, en esta campaña, la admiración que le profesa y el fervor que siente por aquel se ha traducido en un permanente estado de subordinación que no se ha preocupado por disimular.

De hecho, él mismo admite que cada vez que puede busca su consejo y, como para que no quede ninguna duda de su sometimiento, el joven prodigio del uribismo hace explícita su sumisión también con declaraciones y frases almibaradas. En marzo pasado, en una manifestación en Medellín se derritió en elogios con su patrón. “Me siento orgulloso de estar en este escenario con el gran colombiano, el presidente eterno de nuestro afecto Álvaro Uribe Vélez”, decía al borde del paroxismo, mientras imitaba el estilo campechano de su tutor, quien correspondía los piropos con una sonrisa condescendiente de papá orgulloso, al tiempo que apaciguaba con una mano al público extasiado.

Pero, aunque por momentos la mansedumbre de Duque parezca un poco excesiva, su actitud es comprensible si se tiene en cuenta que todo se lo debe a Uribe, y él no tiene pinta de ser un muchacho ingrato. Desde luego, Duque sabe que si no fuera por el expresidente, él no habría sido congresista ni mucho menos se habría convertido en precoz candidato presidencial con posibilidades reales de acceder a la Casa de Nariño. Es obvio: sin la mano ni el favor de Uribe, Iván no sería más que un buen prospecto de ministro o quizás un inquieto y simpático funcionario de algún organismo internacional, como tantos otros que ha habido en este país.

Sin Uribe, Duque no sería más que un buen prospecto de ministro o quizás un inquieto y simpático funcionario de algún organismo internacional, como tantos otros.

Por otra parte, Duque –que de bobo no tiene ni una cana– debe ser muy consciente de que, por muy presidente que llegue a ser, un enfrentamiento con su benefactor sería casi lo mismo que un suicidio. Sobre todo después de ver lo que le ha pasado a Santos por apartarse de la disciplina de perros que el expresidente pretendió imponerle. Y eso que cuando llegó a las toldas uribistas, Santos ya había sido ministro dos veces y tenía pergaminos políticos, poder mediático, tradición familiar y mucho prestigio en el ‘establishment’.

No obstante, cuando le dio la espalda, Uribe le hizo la vida a cuadritos a Santos y su presidencia se convirtió en un vía crucis por causa de la feroz oposición de su exjefe, quien consciente de su influencia en la opinión pública se dedicó a torpedear cada una de sus iniciativas gubernamentales y ha logrado incluso que sus áulicos lo vean como un traidor izquierdoso, enemigo de la democracia y cómplice de la guerrilla. De nada sirve que Santos recuerde que como ministro y presidente les asestó a las Farc los más duros golpes militares. Es inútil: si Uribe dice que el Nobel es un mamerto, medio país le hace el coro y lo aplaude a rabiar. Y al ver esto, qué ganas van a quedarle a Duque de emanciparse.

Además, conociendo al ‘gran colombiano’, es de suponer que antes de ungir a su nuevo vástago debió tomar todas las precauciones para asegurarse de que este buen muchacho no siga el mal ejemplo del desagradecido exministro de Defensa y termine descarriado.

El expresidente ya aprendió la lección, y Duque sabe que Uribe no perdona.

VLADDO
En Twitter: @OpinionVladdo

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