Opinión

Columna de desahogo

Es el colmo del oportunismo que algunos traten de convertir asuntos personales en temas de estado.

08 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Me molestan aquellos dirigentes que nunca antes en su cómoda vida se habían preocupado por la impunidad en este país, pero ahora han descubierto que denunciar la inoperancia de la justicia da réditos electorales. Eso sí: cuando se la aplican a ellos o a sus simpatizantes, entonces no es justicia, sino persecución política.

Me ponen a hervir la sangre algunos personajes que, al hablar del proceso de paz con las Farc, encuentran un problema para cada solución. Primero decían que ese grupo guerrillero no iba a cumplir los ceses del fuego ni las treguas pactadas. Y cumplieron. Después pregonaban que no iban a desmovilizarse. Y se desmovilizaron. Luego, que no iban a entregar las armas. Y las entregaron. Y ni hablar de la JEP. Mejor dicho: en cada etapa van elaborando nuevas teorías conspirativas que les sirven para darse un respiro hasta que son desmentidos por la realidad una y otra vez. Claro que no es un proceso ideal y que está lejos de ser perfecto; pero parece que algunos viven pensando con el deseo, a ver si todo se va al traste para ellos cobrar sus beneficios políticos.

Me molestan aquellos que nunca se habían preocupado por la impunidad pero ahora han descubierto que denunciarla da réditos electorales.

Me parece el colmo del oportunismo que ciudadanos prominentes traten de convertir sus asuntos personales en temas de estado. Hace algunos años, un colega y yo fuimos víctimas de un asalto en un estudio que yo tenía al norte de Bogotá. Durante cuarenta minutos, tres o cuatro maleantes nos tuvieron encañonados, mientras saqueaban lo poco de valor que encontraron en estantes y escritorios: un laptop, el celular y una que otra cosa más. Al final, los ladrones huyeron con su botín y nos dejaron encerrados en el sótano del edificio. Aunque en ese momento me habría quedado muy fácil salir a reclamarle al gobierno de turno por no protegerme, argumentando que era un ataque contra la oposición o un intento de censura, hice lo que debe hacer todo ciudadano: poner la denuncia, sin armar ninguna alharaca, y dejar que las autoridades hicieran su trabajo. (Por supuesto, la investigación no dio ningún resultado; pero ese es otro tema).

Me superan todas esas figuras de la ‘farsándula’ criolla que, presas de la vanidad, se la pasan exponiendo en los medios y en las redes sociales hasta los más ínfimos detalles de su intimidad –cómo viven, qué dieta hacen, qué carro tienen, de qué se enferman, dónde pasan las vacaciones, cuántas parejas estrenan, qué marca de ropa usan, etcétera–, pero que cuando meten la pata, piden respeto por su privacidad y pretenden que todo el mundo mire para otro lado; como si no supieran que, una vez abierta, la puerta de la privacidad es imposible de cerrar.

Me dan pena ajena esos periodistas, columnistas y analistas que no son capaces de poner las cartas sobre la mesa al referirse a las distintas candidaturas presidenciales. Es obvio que cada quien tenga sus inclinaciones políticas y las manifieste; lo cual, más que una preferencia, es un derecho ciudadano. Sin embargo, a lo que sí no hay derecho es a opinar fingiendo una neutralidad que no existe o una objetividad que no se pone en práctica. Si tenemos nexos o simpatías con tal o cual candidato, deberíamos decirlo con sinceridad; de modo que los lectores –y electores– sepan a qué atenerse cuando vean o escuchen nuestras opiniones. ¿Será mucho pedir?

Me sacan de casillas aquellos políticos, empleados públicos y empresarios privados que cuando están en líos con la justicia tratan de manipular a los jueces o a los medios con el argumento de que su familia y sus hijos no tienen por qué pagar los platos rotos de su mal comportamiento. Si tanto aman a sus seres queridos, ¿por qué no pensarán en ellos antes de violar la ley...?

En fin... No sé si estoy muy sensible o qué, pero si no sacaba todo esto de mi garganta iba a terminar atorado.

VLADDO

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