Opinión

Arte y política, una mezcla explosiva

La manipulación de los artistas al servicio de ciertos regímenes no es nueva ni es patrimonio exclusivo de países tropicales ni de los déspotas de la izquierda.

09 de agosto 2016 , 07:03 p.m.

Las magulladuras sufridas por Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez tras su incursión en contiendas electorales o en la minucia política parecen darles la razón a quienes creen que el arte y el poder nunca deberían mezclarse.

Y aunque los reconocidos escritores del boom latinoamericano no salieron muy bien librados, otros han pagado un precio mucho más alto por cuenta de su militancia ideológica, como el cantautor chileno Víctor Jara, torturado y asesinado al inicio de la dictadura de Augusto Pinochet, instaurada en 1973.

En contraste, hay otros artistas que terminan opacados no por oponerse sino por apoyar al gobierno. Que lo digan, por ejemplo, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, estandartes de la canción protesta de los años setenta, quienes –aupados por el régimen de los Castro– compusieron la banda sonora de la juventud latinoamericana, pero han sido siempre cuestionados por no condenar la calamitosa situación de los derechos humanos en Cuba.

Pero la manipulación de los artistas al servicio de ciertos regímenes no es nueva ni es patrimonio exclusivo de los países tropicales ni de los déspotas de la izquierda. Hace ochenta años, en las olimpiadas de 1936, en Berlín, la cineasta alemana Leni Riefenstahl se consagraba con unas extraordinarias imágenes de los deportistas, pero al mismo tiempo se echaba la soga al cuello, por poner su talento al servicio de la propaganda del Tercer Reich, dos años después de haber filmado, por petición de Adolfo Hitler, el multitudinario congreso de Núremberg, en el cual el Führer debutó como el gran salvador de una Alemania en decadencia y hambrienta de gloria.

Riefenstahl supo plasmar y exprimir con maestría esos sentimientos del pueblo alemán tanto en 'El triunfo de la voluntad' como en 'Olympia', grandilocuentes documentales propagandísticos estrenados en 1935 y 1938, respectivamente, y que recibieron muchas ovaciones en el mundo del cine, pero también le significaron el señalamiento como colaboradora nazi.

Al finalizar la guerra, la directora fue arrestada y sus cuentas fueron congeladas. Y aunque terminó exonerada de su responsabilidad en el Holocausto, quedó en bancarrota y no pudo librarse del estigma de ser la cineasta preferida de Hitler.

En sus películas, Riefenstahl introdujo técnicas, secuencias, ángulos y efectos visuales que todavía se usan en la actualidad y que además le sirvieron para la primera gran puesta en escena de la política como espectáculo. En los citados juegos olímpicos tuvo a su disposición recursos técnicos y humanos casi ilimitados gracias a los cuales pudo darle rienda suelta a su creatividad, tal y como se puede ver en las tomas de los atletas en contrapicado en plena competencia y en las primeras imágenes de natación de la historia logradas con cámaras subacuáticas.

Riefenstahl murió en el 2003 a la edad de 101 años y nunca dejó de trabajar, pero tampoco logró recuperar el prestigio de la laureada realizadora de los años treinta; ni siquiera después de dedicarse durante quince años a documentar en impresionantes fotografías la vida de la tribu nuba en Sudán.

Ella siempre se defendió diciendo que su trabajo solo fue estético y sin objetivos políticos y que ignoraba las atrocidades del régimen al que sirvió con tanta lealtad y efectividad. A su vez, sus detractores dicen que es imposible que alguien tan cercano y tan talentoso como ella no conociera o intuyera los crímenes de los jerarcas nazis, a los que nunca condenó explícitamente.

Y aunque es difícil establecer cuál habría sido el destino de Riefenstahl sin el patrocinio nazi, lo cierto es que la historia de su vida bien puede ser un poderoso argumento para creer que, en efecto, es mejor mantener el arte alejado de la política.

@Vladdo

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