Opinión

Al Partido Liberal, egos revueltos

Aquí hace tiempos se acabaron los partidos políticos fuertes, unificados.

11 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Si alguien interesado en asuntos tan confusos escribiera la memoria política de estos días en Colombia, el acápite relativo al Partido Liberal podría titularlo  Egos revueltos, como llamó el gran periodista canario Juan Cruz a sus perfiles de la vida literaria en España, si bien la naturaleza de esos egos difiere en distancia astronómica con los de nuestra colectividad, ya iniciada en forma una nueva batalla por la presidencia de la República (claro, pugnaz y hasta devastadora) con alta probabilidad perdida. Hecho que, como liberal de estirpe, desearía que no ocurriera, pero los vientos soplan en contra.

Pues, sí. Desde que soy ciudadano con derechos políticos voté, convencido y entusiasta, al Partido Liberal, y en la última oportunidad por Virgilio Barco. Pero hoy, en el séptimo piso de la vida y aun cuando a nadie le importe, tengo la fundada sospecha de que las altas cifras de abstención liberal en mayo venidero contarán con la falta de mi voto, tales la desolación del panorama ideológico y la decadencia en las formas de hacer la política imperantes entre las huestes agónicas de esa colectividad.

Porque si no hay derecho a la desmemoria, tampoco puede haberlo a la ilusión desmedida de que en estos años no ha pasado nada y de que ahora sí brillará esplendente realidad partidista como fundamento de una democracia que dizque nos sigue enalteciendo ante los ojos del mundo.

Eso no es cierto. Aquí hace tiempos se acabaron los partidos políticos fuertes, unificados, y, por desgracia, fue el Liberal el que comandó el éxodo obligado de las bases hacia la extinción gradual, luego de una etapa tan degradante y arrasadora de la ética política como fue sin duda el llamado proceso 8.000.

Al final del día ambos habrán perdido la consulta y el partido no habrá logrado ninguna victoria, ni mejorado su imagen ni habilitado posiciones de triunfo hacia el futuro.

El tiempo transcurrido de entonces a hoy no ha hecho otra cosa que enrostrarnos a todos los colombianos: que el otrora organizado, actuante, respetable y vigoroso Partido Liberal (lo que vale decir programático, doctrinario e innovador) ha devenido en impresentable camarilla, como lo ha recordado Alfonso Gómez Méndez, uno de los poquísimos, auténticos y genuinos dirigentes liberales que nos van quedando.

Ese calificativo (según el diccionario, “Conjunto de personas que influyen subrepticiamente en los asuntos de Estado o en las decisiones de alguna autoridad superior”) le va bien a una agrupación que apenas si figura en el organigrama institucional del Estado como no sea para exigir puestos, glotonear burocracia y permutar el voto parlamentario por reconocimientos y prebendas gubernamentales.
¿Qué clase de Partido Liberal es este, cuyas directivas exigen a militantes de grandes calidades profesionales y exitosas carreras públicas como Viviane Morales y Sofía Gaviria abstenerse de pretender la candidatura única de la colectividad porque tienen legítimos reparos al proceso de paz?; pero, en cambio, ¿debemos seguir creyendo en los probados desastres electorales de Rafael Pardo? ¿O en las anuales admoniciones de César Gaviria como si fueran la última consagración de la primavera? ¿O en el ya atemperado vibrato de Serpa con su insulsa coplería del armadillo?

Enfrentados Cristo, con maquinaria muy bien aceitada en su beneficio durante ocho años, y De la Calle, con el duro garrote de los avales que manejará Gaviria, “gane el que gane”, al final del día ambos habrán perdido la consulta y el partido no habrá logrado ninguna victoria, ni mejorado su imagen ni habilitado posiciones de triunfo hacia el futuro.

Pero los contribuyentes sí maldeciremos al tener que pagar ¡cuarenta mil millones de pesos! solo porque, como están las cosas, en este carnaval de egos revueltos Cristo y De la Calle no se pusieron de acuerdo sobre cuál de los dos será otro seguro perdedor en mayo próximo.

VÍCTOR MANUEL RUIZ
vimaruiz@hotmail.com

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