Opinión

Karl-Otto Apel

Valoró el discurso y la argumentación como únicas armas legítimas para resolver conflictos.

24 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

El pasado 15 de mayo falleció, a la edad de 95 años, el filósofo alemán Karl-Otto Apel. Fue, junto con Jürgen Habermas, uno de los últimos pensadores alemanes vinculados con la llamada Escuela de Fráncfort. La verdad es que, en mi opinión, los aportes de Apel a la filosofía en el siglo XX van mucho más allá de lo que quepa asociar con el pensamiento de Horkheimer, Adorno y Marcuse, pensadores que alcanzaron su mayor popularidad e influjo alrededor de las preguntas políticas, sociales, culturales y estéticas que surgieron alrededor de 1968.

Apel, que había nacido en Düsseldorf en 1925, se formó y desarrolló filosóficamente a orillas del Rin: estudió filosofía, historia y humanidades en Bonn, donde se doctoró en 1950 con una tesis sobre Heidegger, y se habilitó como profesor en Maguncia en 1961 con un trabajo sobre 'El lenguaje en la tradición humanista desde Dante hasta Vico'. Fue profesor en Kiel, Saarbrücken y Fráncfort del Meno, donde enseñó por cerca de 18 años hasta su jubilación en 1990.

Tuve el gusto de conocerlo en abril de 1991, en Dubrovnik (Ragusa), hermosa ciudad croata en la costa de Dalmacia, a orillas del mar Adriático, donde fui su alumno en un curso intensivo de siete días sobre ‘Racionalidad y discurso’ gracias a una beca del Inter-University Centre Dubrovnik. Tres años después lo volví a encontrar en Eichstätt, a orillas del Altmühl, en un seminario internacional sobre ‘Filosofía y pobreza’, en el que debatió, entre otros muchos, con el colega argentino Enrique Dussel.

Sus obras son densas porque fueron escritas para filósofos profesionales. Destaco dos que, al juicio de algunos, son las más acreditadas: 'La transformación de la filosofía', de 1973, en dos volúmenes (Tomo 1: Analítica del lenguaje, semiótica y hermenéutica, y Tomo 2: El a priori de la comunidad de la comunicación); y 'Discurso y responsabilidad'. El problema del tránsito a una moral posconvencional, de 1988, donde se recogen algunas de sus escritos más penetrantes y agudos.

Suya es la idea de que la comunicación entre seres humanos, por tener un fundamento pragmático-trascendental y no meramente empírico-lingüístico, no puede orientarse en cualquier dirección que la Realpolitik quiera darle. Por eso los discursos éticos y políticos están sujetos a reglas que, si para Kant eran trascendental-monológicas, para Apel eran trascendental-comunicativas. Esa es la razón de su alianza filosófica con Jürgen Habermas, con quien habrá de construir, a cuatro manos, la idea de una ética discursiva, o mejor, de la dimensión discursiva de la ética. La ética es el resultado de consensos argumentados, no instrumentalizados por intereses estratégicos no universalizables.

Son muchos los filósofos contemporáneos que bebieron desde las fuentes del pensamiento de Karl-Otto Apel. Destaco a dos que conozco y admiro: Vittorio Hösle, que desde el horizonte del diálogo entre Apel y otras tradiciones filosóficas, ha intentado fundamentar una ética política que se tome en serio el cuidado del medio ambiente y la crisis ecológica mundial, y Adela Cortina, de amplia trayectoria en Hispanoamérica, traductora de Apel al castellano, que ha tenido gran reconocimiento al intentar diferentes formas de aplicar los principios y los métodos de la ética discursiva a la ética pública, la ética empresarial y al conjunto de situaciones en las que los seres humanos solo pueden resolver sus diferencias mediante diálogos razonados, responsables, abiertos y bien argumentados. Descanse en paz el filósofo que en la Alemania de la posguerra supo redescubrir y revalorar filosóficamente el discurso, la argumentación y la comunicación como únicas armas legítimas para resolver conflictos.

VICENTE DURÁN CASAS S. J.
* ​Profesor Titular Facultad de Filosofía Pontificia Universidad Javeriana.

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