Opinión

Viaje de una silla

Toda lectura es un viaje, un viaje desde una silla que nos lleva a lo desconocido.

01 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

La literatura no deja de ser nunca un viaje que se inicia en la primea página de un libro, y se llega a puerto al cerrar ese libro. Y hay grandes libros que cuentan la historia de un viaje. Los nueve libros de la historia, de Herodoto, para empezar. En tiempos de este historiador, cronista, periodista, y por fuerza novelista, no era posible distinguir entre historia y narración. Ni siquiera era posible separar de la fábula el relato de verdades.

Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación, una tentación. Es lo que diferencia al novelista del periodista, aunque sean los mismos dedos los que tecleen para crear una crónica que cuenta verdades, o una novela que cuenta mentiras.

Homero relata no un viaje propio sino ajeno, el de Ulises de regreso a Ítaca, su anhelada patria, al terminar la guerra de Troya. Virgilio cuenta el viaje de Eneas, derrotado en esa misma guerra, hacia su nueva patria, que será Roma. Cervantes nos cuenta el viaje de don Quijote por los campos de la Mancha; en realidad no uno, sino dos viajes, uno por cada parte del libro. Un viaje de ida y regreso, ambas veces.

Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación, una tentación.

Y es lo que hará Joseph Conrad más tarde, un escritor que antes fue marinero en barcos mercantes, tentado siempre por lo desconocido, tentación que lo lleva hasta las profundidades del alma humana, como en su novela ‘El corazón de las tinieblas’, que cuenta la historia de un viaje por un río africano, ‘Marlow en busca de Kurz’, un río que viene a ser como el Hades, maldad y oscuridad.

O el capitán Ahab en busca de Moby Dick, la ballena blanca, en la novela de Herman Melville, que es también demoniaco, por obsesivo, tanto que solo puede terminar en catástrofe, en derrota y en muerte. Siempre travesías malditas hacia lo desconocido.

Los viajes así contados están siempre llenos de interrupciones. La consabida frase final de los cuentos “y vivieron felices para siempre” indica el cierre de un relato lleno de peripecias, y a la vez la apertura de otro que ya a nadie interesa, y que ocurre fuera de las páginas del libro donde lo que hemos buscado son los obstáculos. Si Ulises y Penélope vivieron juntos una ancianidad feliz, es algo que nadie contará.

Pero el viaje de don Quijote se diferencia del de Ulises y el de Eneas en que ellos quieren llegar cuanto antes a su destino; Ulises ansía encontrar a su mujer, a su hijo, cansado de la guerra, y no quiere aventuras, sino regresar a la vida doméstica. Son las aventuras las que se le interponen en contra de su voluntad, y lo atrasan durante diez años, lo mismo que duró la guerra de Troya.

Al contrario, don Quijote sale a buscar las aventuras, quiere hallarlas, son la razón de ser de su viaje, y cuando no las encuentra, las crea en su cabeza. Ulises tarda en llegar a su destino porque los acontecimientos indeseados no lo dejan. Don Quijote cabalga en busca de acontecimientos deseados. Si las aventuras no le salieran al paso, su viaje sería un fracaso.

Lo que a nosotros nos parecen dislates y exageraciones, para don Quijote son la normalidad de la vida que le toca vivir. Si no creyera, dejaría de existir, y su mundo extraordinario desaparecería. Es lo que al final termina ocurriendo. La cordura lo mata. La mediocre realidad a la que regresa ya curado de fantasías lo mata.

Porque, ¿qué es La Mancha sino un árido territorio rural donde nada asombroso pueda esperarse que acontezca? Es el mundo real de Sancho, donde las mozas rústicas huelen a ajo y dan de comer a los cerdos, las mismas que para don Quijote son princesas que si lucen así, sucias y en harapos, es porque se hallan bajo encantamiento. De lo contrario, el viaje no valdría la pena. Sería un viaje sin sorpresas. Salir de un mundo que de maravilloso pasa a ser prosaico es una decepción y una derrota.

Toda lectura es un viaje, un viaje desde una silla que nos lleva a lo desconocido, por arenas ardientes de desiertos ignorados, por mares procelosos, por ríos que son como del infierno, y aun por los aires si entramos en las páginas de ‘Las mil y una noches’. Pero siempre regresaremos de ese viaje mejor de lo que éramos cuando lo emprendimos.

SERGIO RAMÍREZ

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