Opinión

Puño y letra

Rubén Darío y Augusto Sandino representan la esencia de mi país, por la palabra y la dignidad.

19 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Como parte de los actos del premio Cervantes, se celebra el ritual del depósito de un legado en el Instituto Cervantes de Madrid.

El instituto funciona en un imponente edificio en la calle de Alcalá, donde estuvo el Banco Central de España, y por eso tiene bóvedas blindadas, a las cuales se da ahora uso literario, pues los legados se depositan en las cajas de seguridad que antes servían para que los clientes resguardaran sus valores.

Se trata de algún objeto o instrumento relacionado con el oficio, manuscritos originales, libros atesorados; cuando se deposita el legado en la caja correspondiente hay que fijar un plazo para abrirla y revelar de qué se trata, un plazo que puede durar hasta la muerte; o, siempre de por medio el plazo, se puede anunciar de inmediato el contenido.

¿Qué podría dejar yo? ¿Una pluma fuente? A duras penas escribo a mano, salvo las dedicatorias de mis libros, y hasta mis notas las apunto en el celular. ¿Unos lentes? Es lo más común en estos casos. ¿Una máquina de escribir? Dejé de usarlas hace más de treinta años y no conservo ninguna, porque en 1985 me pasé al teclado del computador, con lo que me considero un veterano digital. ¿Un manuscrito? Vale la misma razón de que no escribo a mano.

Pensé en un legado que me trascendiera, a mí y a los instrumentos de mi oficio: una carta original de Rubén Darío, y otra de Augusto César Sandino, ambas conservadas en
mi archivo.

Hace algún tiempo, cuando me pidieron del Centro de Arte Moderno de Madrid algo relacionado con mi oficio, para el pequeño museo de escritores que allí tienen, me decidí por los trece discos floppy que contienen mi novela 'Castigo divino', escrita en un computador primitivo, que por supuesto ya no existe, ni tampoco es posible descodificar su lenguaje. Una verdadera lengua muerta.

Entonces, pensé, mejor un legado que me trascendiera, a mí y a los instrumentos de mi oficio, y me decidí por uno que, aunque he pedido sea sacado de la caja el 5 de agosto de 1992, cuando cumpliré 80 años, Dios mediante, es público desde ahora: una carta original de Rubén Darío, y otra de Augusto César Sandino, ambas conservadas en mi archivo personal.

Los dos representan la esencia de mi país, a través de la palabra y de la dignidad. Son ellos quienes nos dieron nuestro sentido de nación. Rubén transformó el idioma desde la literatura, dando a la lengua nuevos atrevimientos y sonoridades, y la poesía lo convirtió en un héroe nacional, suficiente para que a su regreso en 1907 la gente del pueblo desenganchara el tiro de caballos del coche descubierto que debía conducirlo desde la estación del ferrocarril en León, para pegarse a las varas y arrastrarlo.

Sandino, quien se definía como un “trabajador de la ciudad, artesano como se dice en este país”, se convirtió en soldado por la fuerza de la necesidad ante el imperativo de librar al país de la intervención militar extranjera.

Hay una frase suya, que es la de un poeta, porque las palabras desnudas por verdaderas también son poesía: “El hombre que de su patria no exige sino un palmo de tierra para su sepultura merece ser oído, y no solo ser oído sino también creído”.

Y al periodista vasco Ramón de Belausteguigoitia, quien lo entrevistó en su campamento en 1933, le dijo: “¡Ah, creen por ahí que me voy a convertir en un latifundista! No, nada de eso; yo no tendré nunca propiedades. No tengo nada...”. Fue un voto de pobreza, que en política es como un voto de castidad, que nunca violentó.

La dignidad, y de la palabra. Ambos salieron de la entraña de esa tierra pequeña y fecunda, una patria rural que nadie mejor que Rubén pudo describir: “Buey que vi en mi niñez echando vaho un día / bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, / en la hacienda fecunda, plena de la armonía / del trópico; paloma de los bosques sonoros / del viento, de las hachas, de pájaros y toros / salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía...”.

De manera que no puedo dejar nada mejor al Instituto Cervantes que las firmas de los dos nicaragüenses que me legaron un país. Su puño y su letra.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

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