Opinión

La muchacha y el jaguar

La historia que se escribe ahora en Nicaragua ya nadie viene a verla. Todo el encanto de entonces se hizo humo.

02 de agosto 2016 , 04:17 p.m.

La revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 fue la última del siglo veinte en América Latina. Y fue, también, una revolución corta, de apenas una década, que tuvo la singularidad de terminar en 1990 con unas elecciones que sacaron al Frente Sandinista del poder conquistado con las armas.

Durante esos diez años, Nicaragua fue una vitrina y un espejo. Ningún otro hecho histórico, desde la guerra civil española, atrajo tanto la presencia de intelectuales, artistas y escritores, porque el desmesurado enfrentamiento entre Estados Unidos y Nicaragua recordaba la lucha de Goliat contra David, y querían ver con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo.

Por Nicaragua pasaron, entre tantos, cuatro premios nobel de literatura, Günter Grass, Harold Pinter, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa; algunos que debieron serlo, como Graham Greene, William Styron, Julio Cortázar y Carlos Fuentes; y otros que podrán llegar a serlo, como Salman Rushdie.

Venían a ver un modelo que debía convivir, entre contradicciones, sobresaltos y concesiones, con una realidad que no se amoldaba fácilmente a un implante de esquemas ideológicos y que debía responder a los rigores impuestos por la guerra, a las penurias económicas y al entorno internacional; es decir, responder a las necesidades de la propia supervivencia.

Salman Rushdie, que vino en 1986, expresó la gran pregunta alrededor del destino de la revolución en un epígrafe anónimo de su libro 'La sonrisa del jaguar', resultado de ese viaje: “Había una muchacha nicaragüense / que cabalgaba sonriendo a lomo de un jaguar. / Volvieron del paseo / la muchacha dentro / y la sonrisa en el rostro del jaguar. El jaguar podía terminar devorando a la muchacha y quedarse con su sonrisa, ese era el gran riesgo, y la gran pregunta”.

Cuando Carlos Fuentes vino por segunda vez en enero de 1988, casi al borde del desenlace de la guerra de los contras, acompañado de William Styron, y cuando eran más intensas las últimas negociaciones de paz entre los presidentes centroamericanos, ya firmados los acuerdos de Esquipulas el año anterior.

El periodista Stephen Talbot recuerda en un reportaje esa visita. En una de esas conversaciones acerca de las posibilidades que tenía la contra de derrotar a los sandinistas, Tomás Borge “dijo decididamente que algo así era imposible porque los contras van a contrapelo de la historia”. Fuentes interrumpió para preguntar: “¿Y cuál fue la experiencia de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973? ¿No se demostró que la izquierda puede ser derrotada?”. “No”, respondió Borge, cortante. “Ellos no armaron al pueblo, por eso perdieron”.

Después, recuerda Talbot, “Borge dijo que su opinión personal era que ningún partido de oposición podía llegar a ganar a los sandinistas en las urnas. “Ahora no”, asintió Fuentes, “pero en el futuro, ¿por qué no?”. “Solo si son antimperialistas y revolucionarios”, proclamó Borge, “si un partido reaccionario ganara, yo dejaría de creer en las leyes del desarrollo político”. “Yo no estaría tan seguro de estas leyes”, advirtió Fuentes. A veces, los novelistas se vuelven profetas de la historia.

Günter Grass vino en mayo de 1982, acompañado del escritor Johano Strasser. Su pregunta era la misma de Salman Rushdie: ¿Empezaría la revolución a devorar a sus propios hijos? ¿Se comería el tigre a la muchacha? Lo escribió en su reportaje ‘El patio trasero’, publicado a su regreso a Alemania.

Me asombro de estar hablando de acontecimientos tan lejanos, cuando siento que aún puedo tocarlos, ver a Vargas Llosa en mi despacho de la Casa de Gobierno grabando frente a la cámara las entradas de la entrevista que acababa de hacerme para su programa ‘La torre de Babel’.

La historia que se escribe ahora ya nadie viene a verla. Todo el encanto de entonces se hizo humo. Noam Chomsky daba cursos en la Universidad Centroamericana en Managua, Joan Baez cantaba en el Teatro Nacional, uno podía toparse en las calles con Allen Ginsberg o con Lawrence Ferlinghetti, o ver a García Márquez leyendo en una plaza ante miles.

Ahora ya solo queda el jaguar que se pasea con la muchacha dentro de la barriga.


Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com@sergioramirezm

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