Opinión

El insustituible

En la otra cara del terror está siempre la adulación, que es una de las formas de la cobardía.

28 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El universo estrafalario y cruel de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala se refleja con maestría en 'El señor presidente', de Miguel Ángel Asturias, una novela que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo.

No era militar, sino un abogado de segunda que se coló en el poder al producirse el asesinato del general Reina Barrios en 1898, crimen del que a lo mejor fue cómplice; y entre mañas, fraudes y, sobre todo, terror logró mantenerse en el mando doce años.

Su espíritu vengativo era insaciable. En 1908, un cadete de la Escuela Politécnica, al presentarle armas, sorpresivamente enderezó su fusil contra él. Salió apenas chamuscado, pues el tiro no fue certero, pero mandó a fusilar a todos los cadetes, ordenó demoler el edificio que albergaba la escuela, y una vez aplanado el terreno hizo que encima regaran sal.

En la otra cara del terror está siempre la adulación, que es una de las formas de la cobardía. En el periódico La Mañana, el periodista Fernando Somoza Vivas escribió: “Después de enjugarse la preciosa sangre, comenzó allí mismo a disponer lo conveniente para la Nación”. “Preciosa sangre” se refiere siempre a la sangre de Cristo. Pero Estrada Cabrera tenía la manía de apropiarse de la religión: había dispuesto que el santo entierro no siguiera su recorrido habitual, sino que pasara frente a su casa. Un arma de doble filo, porque quienes cargan el sepulcro llevan cucuruchos de penitentes que los ocultan, y así otros cadetes complotados planearon disfrazarse de esa manera, entrar a la casa y capturarlo. Pero antes del Viernes Santo estaban ya todos presos.

La celebración de las Fiestas de Minerva fue la cumbre de sus extravagancias. Como “protector de las Artes, las Ciencias y la Educación”, no podía sino rendir culto a la diosa de la sabiduría.

Y extravagancias de su megalomanía, como hacer que lo llamaran, entre otros tantos títulos, el ‘Insustituible’; u obligar a rendir culto a su madre, doña Joaquina Cabrera de Estrada. En este sentido se mostraba generoso, porque era un culto compartido.

Había un “Club de Amigos del Señor Presidente”, para los varones, en tanto sus esposas pertenecían al “Club Joaquina”; los niños formaban el “Club de Amiguitos del Señor Presidente” y las mujercitas, la “Asociación del Veintiuno de Agosto”, fecha del nacimiento de la “augusta matrona”.

Pero la celebración de las Fiestas de Minerva fue la cumbre de sus extravagancias. Como “protector de las Artes, las Ciencias y la Educación”, no podía sino rendir culto a la diosa de la sabiduría.

Las primeras se celebraron en 1899, con la mala fortuna de que la ligera estructura del templo griego construido para la ocasión se desplomó sobre la cabeza de la joven a quien tocó ese año representar a la diosa y sobre las de sus vestales, huyendo todas despavoridas. Al año siguiente el templo había sido ya reconstruido, un verdadero Partenón de columnas dóricas, y también se erigieron réplicas en los sitios más remotos, y sus capiteles sobresalían entre la verdura de la selva.

La diosa Minerva desfilaba cada año con su cortejo de vestales escoltadas por jovencitos disfrazados a la usanza de la Grecia clásica. A lo largo del recorrido se alzaban majestuosos arcos triunfales y, al igual que el santo entierro, la procesión pasaba obligadamente frente a la casa del dictador, a quien las niñas vestales ofrendaban canastas de flores, y quemaban incienso en su honor.

El poder del Insustituible acabó, sin embargo, y acaba mal. El pueblo se rebeló en las calles, y el ejército se le volteó. El Protector de Minerva, y Padre de la Juventud, fue derrocado en 1910 y sometido a juicio. Sus fieles partidarios, aduladores y serviles, se escurrieron por los albañales.

Miguel Ángel Asturias era entonces estudiante de derecho y, como practicante, actuaba de secretario del juzgado a cargo de la causa criminal en su contra. Ya para entonces le habían dado la casa por cárcel, y allí lo visitaba para cumplir los trámites judiciales. “Usted hizo muy pocos amigos en el gobierno”, le comentó una vez, viendo que nadie lo visitaba. Y él le respondió: “Usted no entiende lo que es el poder. Yo en el gobierno no hice amigos. Lo que tuve fueron cómplices”.

SERGIO RAMÍREZ
- www.sergioramirez.com

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