Opinión

La segunda muerte de Sergio Urrego

Las marchas para frenar ese 'complot contra la familia tradicional' muestran que Sergio tenía razón en su gesto simbólico de morir.

10 de agosto 2016 , 12:03 p.m.

¿Qué pensaría hoy Sergio Urrego, el chico de 17 años que se suicidó en 2014 lanzándose al vacío desde una terraza de un centro comercial, ante toda la seguidilla de situaciones y hechos que produjo su decisión de morir; un desgarrador gesto simbólico contra el calificativo de anormal que le daban en su colegio, por homosexual, al hecho de haberse enamorado de un compañero cuya familia lo señaló de acosador, a la intromisión en su vida privada, en su celular, de sus profesores?

En el manual de convivencia de ese colegio, el Castillo Campestre, se establecía en ese momento que las manifestaciones de homosexualidad eran “faltas graves”. Tras la muerte de Sergio, comenzó todo un forcejeo jurídico para determinar si el plantel había vulnerado sus derechos y si de alguna manera lo había orillado hacia la opción fatal (pero válida) del suicidio. La madre solo pidió como reparación que le hicieran un homenaje de desagravio a su hijo, y una ceremonia de graduación simbólica, ya que solo faltaban unos meses para que se recibiera de bachiller.

¿Qué pensaría Sergio de este país, donde la Procuraduría (entidad encargada de vigilar la conducta y eficiencia de los servidores públicos) se alinderó con el Castillo Campestre, una institución privada, y conceptuó que este no estaba obligado a resarcir ni a hacer homenajes porque no había incurrido en faltas o abusos? ¿Qué pensaría Sergio de que el procurador General, Alejandro Ordóñez, persigue a la gente gay en vida, pero también después de la muerte?

Un fallo de la Corte Constitucional finalmente le dio la razón a la madre y a su vez ordenó que el Ministerio de Educación revisara si los manuales de convivencia de colegios y escuelas fomentan prejuicios y segregaciones por cualquier condición. ¿Qué pensaría Sergio de que Ordóñez de nuevo hizo una solicitud de nulidad de ese fallo, que le fue negada?

Quince meses después de la muerte del chico, y sin que tuviera ninguna relación con su caso, esa misma corte, ante la ineptitud temerosa del Congreso para meterse con los temas morales, decidió dar vía libre a la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Qué pensaría Sergio de este país, donde una senadora se declaró en rebelión contra esa sentencia y empezó a promover un referendo para que las mayorías decidan sobre los avances de unas minorías; sobre si dos hombres o dos mujeres que se organizan como familia pueden ser más aberrados, irresponsables, inmorales que las familias tradicionales que pudieron concebir niños y los abandonaron. En el fondo es una consulta sobre si alguien nace marica o se vuelve marica, y se debe dirimir por mayoría de votos. Todo bajo la claridad iluminadora de lo que diga la Biblia, no de lo que opine la ciencia, y con el agravante de que ya sea por genética o por cultura, la homosexualidad es algo antinatural. Sergio era un ser contra natura, aunque se comportara como le dictaba su propia naturaleza, sus células, sus fibras, sus neuronas. Y es bueno aclarar que Sergio provenía de una pareja “normal”. ¿En qué cartilla encontraría las claves para hacerse gay?

Y esta congresista que pretende salvar a los niños del demonio de la sodomía es una senadora liberal. ¿Cómo serán los conservadores?

Pues desde las sombras, sectores muy conservadores se aventuraron a ir más lejos, y en las últimas semanas empezaron a mover con malignidad en las redes unas mentirosas cartillas escolares que el Ministerio de Educación está supuestamente distribuyendo en los colegios, con indicaciones hasta sobre cómo irse a la cama con alguien, y que en realidad resultaron ser unos textos pornográficos belgas. Ah, es que la ministra de Educación, Gina Parody, también es un ser contra natura, mal vista por el Procurador y por las iglesias cristianas, incluida la del Papa.

Qué pensaría Sergio de la marcha que estas últimas están convocando, contra el Ministerio de Educación, con el objetivo de salir a clamar que la sociedad debe organizarse como ellas piensan, o sea con las normativas de un libro que comenzó a escribirse en el Paleolítico, con el criterio estadístico de que lo correcto es lo de la mayoría, y el hermoso ideal de la familia constituida entre un hombre y una mujer, porque en ella no hay riesgos de abusos, ni hay violencia, ni maltrato, ni abandono. Y cito de modo textual la carta del arzobispo de Barranquilla invitando a la marcha: “Los atentados que se han venido gestando por parte de algunos intereses particulares sobre la ideología de género en el mundo entero, nos reclama a asumir como pastores y fieles la necesidad de apoyar las iniciativas que se gesten en protección a los principios rectores de la humanidad…”

Hace dos años, cuando Sergio Urrego se suicidó, empecé a recopilar información para escribir una columna y entré en su página de Facebook. Fue un ejercicio triste, muy triste, descubrir cuán especial era ese ser humano que se malogró por decisión personal el 4 de agosto del 2014. Ese mismo día, la actualizó por última vez con una canción de Pink Floyd, ‘Adiós mundo cruel’, que era un claro anuncio de lo que pensaba hacer. No encontré en su muro recuerdos de paseos, ni chistes, ni comentarios futboleros ni faranduleros, ni invitaciones a rumbas en discotecas, ni la repetida foto del gay al que le encanta mostrar su cuerpo de ‘gym’. A cambio de eso, había un artículo sobre ‘Los anarquistas y la cuestión palestina’; un video de un grupo indignado español que se titula ‘Nuestros sueños no caben en vuestras urnas’; la invitación para asistir a una charla en la Lerner a un conversatorio sobre Ernesto Sábato, titulado ‘Las utopías son futuras realidades’; varias caricaturas de Quino sobre la sociedad de consumo y muchos aforismos de personajes trágicos como Poe, Samuel Fielden, el mártir de los hechos del Haymarket en 1886, y de Sacco y Vanzetti, los inmigrantes italianos muertos en la silla eléctrica por ser anarquistas. También una foto en Cuba, con el mural de Camilo Cienfuegos atrás.

Parecía un adolescente particularmente sensible, lejano a lo convencional de sus 17 años, con una terrible conciencia de inconformismo y de fatalidad. Y mucho de clamor contra la injusticia y la estupidez humana. Hace dos años escribí esa columna y la finalicé con una frase que, vistos los hechos de los últimos tiempos y las marchas de hoy, repito con una convicción más firme: “En una sociedad inteligente y evolucionada, Sergio habría sido rodeado de protecciones, de oportunidades para desarrollar su mente excepcional y su espíritu elevado. Aquí lo dejamos lanzarse desde la terraza de un centro comercial”.

Sergio Ocampo Madrid

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