Opinión

Fue a mis espaldas, episodio 3

Samper impuso el argumento. Los amigos de Uribe lo dijeron por él. Ahora Santos vuelve a reeditarlo.

23 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Para la democracia colombiana hubiera sido muy benéfico si el Congreso destituye a Ernesto Samper en julio de 1996. No por tumbar un presidente, sino porque una sanción a ese nivel, por un delito que no admitía duda, habría sido un mensaje rotundo sobre moral pública, una evidencia de que la justicia opera aún sobre los más poderosos, y un referente para la cultura política al futuro. Pero el Presidente se salvó y con el argumento más cínico y ramplón: “Fue a mis espaldas”.

Veintiún años después, el país es más corrupto que en cualquier otro momento de su historia y hoy la excepción es encontrar un buen político. Baste citar un par de datos: en las elecciones regionales del 2015, la Fiscalía tenía abiertas 103.000 investigaciones contra candidatos inscritos, que luego siguieron contra 350 de los alcaldes elegidos, o sea casi la tercera parte de todos los del país. En Casanare ha habido 12 gobernadores en nueve años; en La Guajira, de los cuatro últimos tres se hallan en la cárcel y el cuarto está cercano a acompañarlos…

El sistema está podrido de raíz, pues perdió toda su lógica del interés público y la gestión para empezar a operar con la lógica del mercado y el negocio. Así, de frente, sin rubores ni remordimientos. Hoy nuestra política, como cuerpo, como práctica, como aspiración, es una enorme y atroz industria criminal montada en el círculo vicioso más perverso y eficiente. Por eso, los políticos ya no hacen política, la del proselitismo, la de las propuestas, la de los compromisos. No hay necesidad. Conocer por dentro el Congreso de Colombia es llegar a concluir, sin extremismos, que este país es inviable.

Es una amarga paradoja que la corrupción haya sido el precio enorme que pagamos por contener a la guerrilla tanto tiempo y ahora por poder reintegrarla.

Quizá si el juicio a Samper no hubiera sido una pantomima, algo sería diferente o al menos tendríamos una realidad ética menos abrumadora y aplastante. Yo veo en todo ese episodio el momento fatal en el cual pasamos de una corrupción taimada y subterránea a una corrupción como sistema. En un país donde, además, la guerra no solo ha evitado hablar en serio y tomar decisiones sobre la moral de nuestra clase dirigente sino que ha favorecido su venalidad.

Es una amarga paradoja que la corrupción haya sido el precio enorme que pagamos por contener a la guerrilla tanto tiempo y ahora por poder reintegrarla. Es que por muchos años, la brutalidad, la barbarie y el mínimo olfato político de las Farc y el Eln nos forzaron a resignarnos con los pésimos dirigentes de siempre, los Name, los Gerlein, los Guerra, los Yepes, los García, que aseguraban por lo menos un ‘statu quo’ conocido y alejaban la aventura totalitaria de una subversión en el poder. Era Santofimio o era ‘Tirofijo’.

Después, ese temor a la insurgencia se volvió aborrecimiento, en buena parte por la burla del Caguán, y entonces el uribismo y la extrema derecha encontraron su perfecto nicho en la política, su discurso y su pretexto. Y vino esa espeluznante seguidilla de corrupciones para conseguir una gobernabilidad que el presidente Uribe ya tenía asegurada por Congreso y por opinión, y luego para obtener su reelección y silenciar opositores; también, quitarles bríos a las cortes. A la fecha, 17 de sus funcionarios del más alto nivel están presos o son prófugos. Y el hoy senador y expresidente es tan popular que ni siquiera ha tenido que apelar al triste libreto de que todo fue a sus espaldas. ¿Por qué? Porque para millones de colombianos parece ser más aterradora la guerrilla que la impresionante corrupción que simboliza Álvaro Uribe; él es el único capaz de contener la conspiración comunista y eso le concede ciertas indulgencias. Muchas.

Con Santos terminó pasándonos lo mismo. Por respaldar su proceso de paz y ante la acometida de su antecesor para no dejarlo gobernar y hundirlo, nos hemos hecho los de la vista gorda frente a los escándalos de corrupción en sus siete años de gobierno, que son serios e importantes. Lo de Reficar puede ser el ejemplo de desgreño más grande en toda la historia del país; lo de Saludcoop e Interbolsa, las demostraciones de la inexistencia de control y vigilancia o la podredumbre de esos mecanismos. La promesa de elección del fiscal por meritocracia, una monumental tomadura de pelo.

Ahora, lo de Odebrecht no se puede soslayar, ni restarle importancia con argumentos como eso de que no se puede comparar el narcotráfico con una empresa constructora, ni contentarnos con aquello de que el Presidente nunca supo, o que fue a sus espaldas. En los países serios la responsabilidad política es tan grave como la penal.

De comprobarse que realmente entró ese millón de dólares a la campaña del 2014, Juan Manuel Santos, el de la paz, el del Nobel, debería renunciar. Por el Nobel; por la paz. Por el futuro.

SERGIO OCAMPO MADRID

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