Opinión

¿Cuál será el próximo complot de Uribe?

Somos una comunidad ignorante, que le tiene miedo a la verdad y al conocimiento. Una sociedad así es un terreno muy fértil para que la rieguen con muchas mentiras y la manipulen con muchas teorías de conspiración.

24 de agosto 2016 , 04:41 p.m.

Llevamos cuatro años esperando este anuncio de paz; en realidad llevamos 50, pero es que cuando se ha visto tanto fracaso, tanta mentira y tanta estupidez, la suspicacia es un derecho y hasta una necesidad. Ahora parece que sí, que llegó, pero lejos de ser la noticia del siglo para todos, veo a cientos de miles vociferando, maldiciendo, marchando en las calles, augurando tempestades. ¿Por qué?

A primera vista, y tras las movilizaciones de los últimos meses, queda un sabor de que, más que un Estado fallido, somos una sociedad fallida, una que terca y conscientemente se opone a avanzar, a mejorar sus estándares de humanismo, de comprensión y respeto al otro; una sociedad muerta de miedo a abandonar la tutela de pastores y curas para responsabilizarse de sus propias licencias y contenciones y para establecer sus pautas personales sobre lo bueno y lo malo; una que está aterrorizada de asumir su papel ciudadano sin caudillos ni salvadores. Una que se siente más tranquila con un capataz rudo, camorrero, mañoso, que le gobierne la hacienda.

Pero también veo que somos una comunidad ignorante, que le tiene miedo a la verdad y al conocimiento. Una sociedad así es un terreno muy fértil para que la rieguen con muchas mentiras y la manipulen con muchas teorías de conspiración. Por eso, en menos de tres meses ha habido en Colombia unas movilizaciones masivas que en cualquier lugar del mundo civilizado serían absurdas, o al menos insólitas, por ridículas, por contrarias al espíritu humano que supuestamente avanza hacia el pacifismo, hacia la inclusión, hacia el fin del prejuicio. El gran Borges envidiaría escribir esta historia de un hombre y su grupo que construyen conspiraciones ficticias para esconder el gran complot que están sacando adelante contra la posibilidad de la paz.

Así, en pocos días lograron llenar avenidas con miles para expresarse contra una Ministra que dizque busca volver homosexuales a todos los niños con unas cartillas, que ni siquiera existen, y que terminaron siendo verdad para muchos por virtud de internet y de manos oscuras desde la penumbra. Toda una conjura de la ONU, de Unicef, de la OEI (Organización de Estados Iberoamericanos) contra Colombia para establecer por decreto, por ley, la homosexualidad, y generalizar esa “enfermedad” por medio de “transmisión textual” (en un país que no lee, además), como decía de modo brillante Julio César Londoño en El Espectador. Entonces, en este cuento borgiano, esa Ministra debe salir a defenderse, no por sus políticas públicas, desempeños o negligencias, sino por sus cromosomas.

Es tan absurdo todo esto, que desde afuera nos tienen que señalar lo crédulos, lo ignorantes que podemos ser. Qué pena que Ángel Martín Peccis, director regional de la OEI, tuviera que salir a aclarar lo que no necesita ser aclarado: “Nadie está intentando convertir a los heterosexuales en homosexuales”, y nos recordó que aunque el tema ahora es la orientación sexual, aquí “todo el tiempo indígenas, afrodescendientes, discapacitados y las mujeres han sido vulnerados”. Y desde la Universidad de Yale, el prestigioso psiquiatra Kyle Pruett se mostró molesto y desmintió a Viviane Morales, la senadora liberal impulsora de un referendo para que los colombianos decidan por mayoría de votos si los gais son enfermos o no, aunque lo presente como una consulta sobre si deberían poder adoptar niños o no. Viviane acomodó apartes de un estudio de Pruett para hacerlos coincidir con sus tesis y terminó sirviendo al juego de los verdaderos conspiradores, los que no quieren la paz.

Lo más despreciable de esta manipulación maestra de vender la idea sobre el género de los seres humanos como un asunto que se define leyendo cartillas, o que se puede ordenar por decreto, es que ni siquiera el tema de la sexualidad es en verdad lo importante, ni el matoneo ni los derechos de los niños, sino que tiene como objetivo único torpedear el proceso de paz, para el cual también se inventaron el respectivo complot, uno más grande, porque incluye al Papa, a Obama y a la Unión Europea, y que busca entregarle Colombia al comunismo mundial.

Entonces, hace tres meses también hubo otras marchas para no permitirlo. Algún día las generaciones futuras se burlarán de que en la Colombia de comienzos del siglo XXI se hacían marchas contra la opción de la paz, con el argumento de que “sí queremos la paz, pero sin impunidad” y, sin decirlo de frente, que era mejor dejar a unos cuantos miles de desarrapados allá perdidos en la manigua para irlos cazando de a poco, en lugar de integrarlos, como no los quisieron integrar en los años cincuenta y los orillaron a la extrema violencia. Y ellos se volvieron unos bárbaros matones, ¿y cómo perdonarles eso?

Yo imagino al doctor Uribe muerto de la risa, a puerta cerrada, de la ingenuidad de tantos colombianos; de cómo logró convencerlos de que un hijo de la pretenciosa aristocracia bogotana, un oligarca convencido (y antipático incluso), es un guerrillero camuflado que quiere entregarle este país a la izquierda. Debe reírse gozoso de cómo le creen que cuando la justicia busca a sus “buenos muchachos” es que lo están persiguiendo a él; de cómo el país olvidó que su Gobierno también intentó acercarse a las Farc para negociar y les ofreció curules en el Congreso. Debe morir de la risa con esto de la ideología de género, que se inventaron otros de sus buenos muchachos, y cómo tanta gente se creyó el cuento de que un niño se vuelve gay por leer una cartilla, y de cómo la Iglesia católica y las otras iglesias están negociando sus apoyos al plebiscito en el trueque de asuntos morales por votos.

Aunque también, en esta novela que algún día he de escribir, el doctor Uribe debe estar muy asustado a puerta cerrada, porque se ha arriesgado hasta tal extremo en sacar su complot adelante, en incendiar el país con todas las estratagemas posibles, en sembrar tempestades y ponernos a pelear entre familiares y amigos por algo que debería convocarnos felices, que de perder su opción, su único lugar en la historia será el de la infamia. Y de ganar, también.


Sergio Ocampo Madrid

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